Imaginemos una escena corriente. Alguien recibe un vídeo que asegura que las estelas blancas de los aviones contienen sustancias destinadas a manipular el clima o para envenenar a la población. No está convencido, pero tampoco sabe lo suficiente para descartarlo. Así que hace algo aparentemente sensato: abre Google y busca información.
Otra persona tropieza con mensajes que presentan las ciudades de 15 minutos como un proyecto para controlar los movimientos de la ciudadanía. También duda. Teclea una consulta y espera que el buscador le ayude a separar hechos de fantasías. En ambos casos, la intención inicial es idéntica: averiguar qué hay de verdad.
Ese gesto tan cotidiano encierra una pregunta importante: ¿buscar en Google nos conduce necesariamente hacia información que corrige una conspiranoia o puede acercarnos a contenidos que parecen confirmarla? Un equipo de la Universidad Tecnológica de Queensland decidió comprobarlo examinando tanto los resultados tradicionales como los resúmenes generados por inteligencia artificial.
Google no responde solo a lo que preguntas, sino también a cómo lo preguntas
Antes de entrar en el experimento, conviene entender una idea sencilla: dos consultas sobre el mismo asunto no tienen por qué producir el mismo paisaje informativo. Cambiar unas palabras modifica qué páginas aparecen, qué fuentes ganan visibilidad y qué explicación ofrece el sistema.
Emplear términos propios del relato que queremos verificar hace que ese vocabulario aproxime al buscador a materiales escritos por quienes comparten esa visión.
Podemos imaginar Google como una biblioteca gigantesca cuyo bibliotecario interpreta nuestra frase antes de decidir a qué estantería llevarnos. No es igual preguntar qué son las ciudades de 15 minutos que escribir si son una forma de control. La segunda formulación ya incorpora una sospecha.
Eso importa en comunidades donde se anima a “investigar por tu cuenta”. Contrastar una afirmación parece razonable; la dificultad surge al emplear términos propios del relato que queremos verificar. Ese vocabulario aproxima al buscador a materiales escritos por quienes comparten esa visión.
Kateryna Kasianenko y sus colegas diseñaron una auditoría algorítmica: una prueba sistemática para observar cómo reacciona una plataforma ante muchas búsquedas controladas. Según leemos en la revista Media International Australia, prepararon versiones generales y otras que reproducían modos de expresión asociados con comunidades conspirativas.
Eligieron dos casos. El primero fueron los chemtrails, la vieja creencia de que las estelas de condensación de los aviones esconden operaciones secretas de fumigación o manipulación atmosférica. El segundo fue la interpretación conspirativa de las ciudades de 15 minutos, un modelo urbanístico pensado para acercar servicios cotidianos que algunos relatos presentan como una maniobra destinada a restringir movimientos o vigilar a la población.
Para recrear maneras plausibles de consultar, los autores tomaron expresiones de foros y Reddit y, en la muestra general, recurrieron además a Google Trends. Así podían contrastar comportamientos sin inventar desde cero el habla de los usuarios.
Más de 1.600 búsquedas para observar el comportamiento del sistema
El equipo reunió 65 consultas sobre chemtrails y 53 relativas a ciudades de 15 minutos. Un agente virtual, un programa que imitaba la actividad de una persona, las lanzó dos veces al día durante siete jornadas, entre el 14 y el 20 de enero de 2026.

Todas se realizaron desde Sídney. El programa guardó la primera página y, cuando aparecía un AI Overview —el resumen generado por la inteligencia artificial de Google que se muestra sobre los resultados de búsqueda—, almacenó también ese texto y las referencias que lo sustentaban. Al terminar había 1.629 observaciones, 17.298 direcciones web y 1.342 textos creados por inteligencia artificial que remitían a 863 sitios únicos.
Después, cotejaron qué ocurría con una búsqueda general y qué sucedía al utilizar expresiones propias de una creencia conspirativa. Para los AI Overviews, seleccionaron además 80 piezas al azar y evaluaron si ignoraban la conspiración, la mencionaban, la desmontaban o llegaban a promoverla.
La limitación es decisiva: el trabajo registra qué presenta Google, no qué piensa después quien lo lee. No demuestra que un resumen convierta a una persona escéptica en creyente, sino que permite averiguar qué entorno informativo encuentra.
El estudio registra qué presenta Google, no qué piensa después quien lo lee: no demuestra que un resumen convierta a una persona escéptica en conspiranoica, sino qué entorno informativo encuentra.
Entonces apareció la diferencia
Los resultados no fueron iguales. Conforme las búsquedas adoptaban un registro más próximo al de las comunidades conspirativas, el conjunto de enlaces devuelto por Google tendía a alejarse del obtenido mediante formulaciones generales. Eso no significa que todas las recomendaciones respaldaran esas ideas, pero sí cambiaba la procedencia de los contenidos.
Las expresiones conspirativas ofrecían proporcionalmente más noticias y contenido procedente de redes sociales. Entre esas publicaciones, figuraban algunas favorables a tales creencias. Las búsquedas generales, en cambio, mostraban con mayor frecuencia webs gubernamentales. Incluso un sitio institucional podía resultar ambiguo: 46 conjuntos sobre chemtrails enlazaron una pregunta de 2012 alojada en la web del Parlamento Europeo que enumeraba tópicos de esa teoría; la contestación que los refutaba estaba tras un enlace poco evidente.
El contraste se volvió especialmente interesante al mirar los AI Overviews. Con los chemtrails, una teoría antigua y conocida, las protecciones parecían funcionar relativamente bien. Esas síntesis no la promovieron y las formulaciones con mayor carga conspirativa recibieron más a menudo textos que intentaban desmontarla.
Las expresiones conspirativas ofrecían proporcionalmente más noticias y contenido procedente de redes sociales y, entre ellas, figuraban algunas favorables a tales creencias.
Con las ciudades de 15 minutos sucedió algo distinto. De los 40 resúmenes de inteligencia artificial analizados cualitativamente para ese tema, cinco presentaron la conspiranoia como una postura dentro de un debate legítimo. Eso equivale al 12,5 por ciento de esa muestra concreta, no ese porcentaje de todos los AI Overviews generados por Google.
Uno dirigía hacia un vídeo que planteaba si este modelo urbano era una “utopía” o una “trampa de control”. Otros hablaban de “críticas”, “miedos” o “malentendidos” mientras reproducían afirmaciones sobre supuestas agendas ocultas para controlar o dividir comunidades.
La mentira no necesita ser declarada cierta para parecer más creíble
Aquí está el punto más delicado. Legitimar una conspiranoia no exige escribir que es verdadera. A veces, basta con presentarla como una alternativa razonable dentro de una controversia abierta.
Legitimar una conspiranoia no exige escribir que es verdadera: basta con presentarla como una alternativa razonable dentro de una controversia abierta.
Pensemos en un programa que sienta frente a frente a un astrónomo y a alguien que asegura que la Tierra es plana. El presentador quizá no apoye al segundo, pero el formato transmite que existen dos posiciones comparables sobre un asunto que científicamente no está en discusión. La falsa equivalencia concede apariencia de debate donde no lo hay.
Algo parecido sucede cuando una contestación automática coloca un relato infundado bajo etiquetas como “preocupación” o “crítica” sin aclarar suficientemente por qué carece de respaldo. El lector recibe entonces el marco de una controversia, aunque las evidencias no estén equilibradas.
La investigación halló, además, una contradicción llamativa. En cuatro ocasiones, AI Overviews relacionados con chemtrails enlazaron a libros de Amazon que ofrecían métodos para “desintoxicarse” de esas supuestas sustancias mientras la propia síntesis rechazaba la conspiración. El texto negaba la premisa, pero alguna referencia conducía a productos construidos sobre ella.
Una pieza generada no está formada únicamente por sus frases; también importa qué materiales selecciona y qué autoridad aparente concede a cada uno. El mecanismo llega a desmentir con una mano y, sin proponérselo, otorgar visibilidad con la otra.
Las conspiranoias nuevas son un terreno especialmente difícil
¿Por qué funcionaron mejor las salvaguardas con chemtrails? Los autores señalan una diferencia crucial: su antigüedad.
Las estelas conspirativas llevan décadas circulando. Existen abundantes explicaciones científicas, portales institucionales y verificaciones que describen el fenómeno y desmontan sus versiones falsas. Los buscadores también han tenido más tiempo para identificar esa terminología problemática.

Las ciudades de 15 minutos ocupan un territorio menos asentado. El concepto urbanístico es real, al igual que los debates legítimos sobre tráfico, movilidad o planificación. La conspiranoia se injerta sobre esos elementos y añade una supuesta trama de vigilancia, confinamiento y control social.
Cuando nace una narrativa conspiranoica nueva se abre lo que los especialistas llaman un “vacío de datos”: muchas personas indagan sobre ella, pero todavía escasean recursos autorizados que respondan exactamente a ese léxico.
En esas grietas, vídeos, publicaciones sociales o sitios oportunistas pueden ganar terreno. El artículo plantea esa carencia de referencias fiables como posible explicación para algunos resultados problemáticos.
Cuando nace una narrativa conspiranoica nueva, se abre un “vacío de datos”: muchas personas indagan sobre ello, pero todavía escasean recursos autorizados que respondan a ese léxico.
Los investigadores observaron que las consultas más alejadas de los términos empleados por medios reputados tenían mayor probabilidad de recuperar documentos escritos en código conspirativo. No porque Google comparta esas ideas, sino porque intenta localizar contenidos pertinentes para las palabras introducidas.
“Búscalo en Google” ya no significa exactamente lo mismo
Durante años, hemos imaginado un buscador como un índice: escribimos unos términos, recibimos una lista y elegimos dónde entrar. Los AI Overviews añaden otra capa. El sistema ordena documentos, combina procedencias y redacta una explicación antes de que visitemos ninguna.
La desinformación adquiere así una dimensión nueva. Ya no basta con preguntarnos qué falsedades existen en internet, sino quetambién importa cómo los intermediarios automáticos las contextualizan y qué apariencia de controversia conceden a cada afirmación.
El análisis no demuestra que Google fabrique conspiracionistas ni que sus síntesis favorezcan sistemáticamente esas teorías. Muchas intentaron refutarlas. Tampoco sabemos cómo interpretaría un usuario aquello que los investigadores clasificaron como legitimación. Harán falta experimentos con personas.
Pero surge una cautela importante. “Investiga por tu cuenta” resulta saludable si significa contrastar evidencias y valorar la calidad de aquello que consultamos. Ya no podemos asumir que el camino hasta la información sea neutral.
Quien abrió Google al comienzo quizá crea que simplemente está formulando una duda. Ofrece pistas sobre qué universo informativo considera relevante. Cuando una inteligencia artificial interpreta esas señales y elabora una contestación, comprender cómo buscamos pasa a ser parte de comprender qué recibimos.
Referencias
- Kateryna Kasianenko et al., “Searching for the truth? search engines and their AI affordances’ responses to conspiratorial search practices“. Media International Australia, 1 de septiembre de 2026. DOI: 10.1177/1329878×261481856.
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