Durante décadas, dimos por hecho que esa confianza actuaba como una vacuna frente a la desinformación. Con un razonamiento intuitivo, nos figuramos que quienes aceptan las evidencias acumuladas, comprenden el valor de la investigación y respetan el criterio de los especialistas deberían mostrarse menos receptivos ante afirmaciones insólitas y carentes de un respaldo firme.
La realidad humana, sin embargo, rara vez encaja en esquemas simples. Los hay que celebran numerosos logros científicos, reconocen el peso de la actividad académica y, aun así, otorgan credibilidad a narraciones irracionales sobre verdades ocultas, avances silenciados o expertos perseguidos por revelar aquello que nadie desea admitir.
¿Cómo surge una combinación tan desconcertante? Un artículo publicado en Current Psychology propone una respuesta psicológica cuyo eje no es tanto la desconfianza hacia la ciencia como la percepción que mucha gente alberga acerca de cómo progresa el saber científico.
¿Qué significa realmente confiar en la ciencia?
Antes de entrar en materia, es preciso aclarar una cuestión esencial. Confiar en la ciencia no equivale a admitir cualquier declaración pronunciada por alguien con bata blanca, ni implica considerar infalibles a quienes ejercen esa labor. Tampoco supone creer que las conclusiones de la comunidad científica, fruto de aquella, permanecerán inmutables.
Confiar en la ciencia no implica considerar infalibles a quienes ejercen esa labor ni creer que las conclusiones de la comunidad científica, fruto de aquella, permanecerán inmutables.
En realidad, ese respaldo recae en un procedimiento. La actividad científica avanza mediante observaciones, experimentos, revisión por pares, reproducción independiente de resultados y rectificación constante de errores. Ningún descubrimiento adquiere solidez porque lo anuncie una voz concreta, sino porque muchas otras procuran comprobarlo, debatirlo o rebatirlo.
Ahí reside una gran fortaleza. Las equivocaciones afloran, las hipótesis fracasan y las interpretaciones varían cuando las pruebas obligan a corregir el rumbo. Paradójicamente, la ciencia merece fiabilidad porque incorpora mecanismos destinados a localizar sus propios fallos.
Asimilar este principio se vuelve imprescindible para entender la aparente paradoja examinada por los autores.
El relato que hemos aprendido sobre los grandes descubrimientos
Veamos ahora cómo solemos acercarnos a la historia científica. De la escuela al cine, pasando por documentales, novelas o series, abundan crónicas protagonizadas por individuos excepcionales capaces de alterar nuestra forma de entender el universo.
Galileo cuestiona las ideas aceptadas, Newton formula las leyes del movimiento, Marie Curie abre caminos desconocidos y Einstein revoluciona la física. Suele aparecer una mente brillante enfrentada a la incomprensión de su época hasta que, al final, demuestra que estaba en lo cierto.
Estas semblanzas poseen gran valor divulgativo: despiertan curiosidad y facilitan el recuerdo de episodios históricos. A la vez, simplifican un proceso bastante más complejo.
La mayoría de los logros actuales no nace del esfuerzo aislado de un talento privilegiado contra el resto del mundo. Surge gracias a equipos internacionales, controles sucesivos, acumulación de datos y colaboración entre múltiples laboratorios. Ese progreso se asemeja mucho menos a la epopeya de un héroe solitario que a una obra colectiva donde miles de profesionales aportan pequeñas piezas. Y tal oposición, aparentemente sutil, ocupa el centro de la cuestión.
El progreso científico se asemeja mucho menos a la epopeya de un héroe solitario que a una obra colectiva donde miles de profesionales aportan pequeñas piezas.
Cuando los conspiranoicos adoptan el papel del “genio incomprendido”
El equipo examinó las respuestas de 843 participantes estadounidenses para explorar el vínculo entre distintas concepciones de la ciencia y la susceptibilidad hacia teorías conspirativas. Al tratarse de un estudio correlacional basado en una encuesta transversal, no puede establecer relaciones de causa y efecto, una limitación que los propios autores reconocen expresamente.
Uno de los conceptos centrales es la denominada mentalidad del genio. Plantea una interpretación de la trayectoria investigadora según la cual las aportaciones decisivas dependen principalmente de sujetos excepcionales capaces de enfrentarse al consenso dominante.
Porque, a través de ese prisma, cuesta menos dar crédito al discurso de quien asegura poseer una verdad revolucionaria perseguida por instituciones académicas, gobiernos o empresas.
Muchos conspiranoicos no rechazan necesariamente la ciencia; al contrario, procuran apropiarse de su prestigio retratándose como auténticos continuadores de Galileo o Einstein.
Muchos promotores de conspiraciones adoptan precisamente esa identidad. Se presentan como voces valientes silenciadas por un supuesto sistema empeñado en ocultar información decisiva. No rechazan necesariamente la ciencia; al contrario, procuran apropiarse de su prestigioretratándose como auténticos continuadores de Galileo o Einstein.
El análisis encontró asociaciones entre esa mirada sobre el avance del saber, la preferencia por fuentes informales de divulgación y una mayor aceptación de determinadas creencias conspirativas. Los firmantes subrayan, pese a ello, que tales datos reflejan vínculos estadísticos y no prueban que un factor produzca directamente el otro.
¿Por qué ese esquema puede ser tan convincente?
Imaginemos dos mensajes distintos.
El primero afirma que cientos de especialistas procedentes de numerosos países han alcanzado conclusiones semejantes tras años de labor autónoma. No existe un héroe principal, sino una extensa cadena de revisiones sucesivas.

El segundo asegura que un investigador brillante ha realizado un hallazgo rompedor, pero las autoridades pretenden impedir que la población conozca la verdad porque pondría en peligro intereses económicos o políticos.
Objetivamente, el primer escenario reproduce con mucha mayor fidelidad cómo suele generarse el conocimiento científico. El otro, en cambio, conecta con una trama profundamente arraigada en nuestra cultura.
Durante años, consumimos ficciones donde una figura singular vence la incomprensión general gracias a su talento. Cuando alguien repite ese molde, reconocemos enseguida el patrón. No porque existan pruebas suficientes, sino porque encaja con una expectativa aprendida de antemano.
Consumimos ficciones donde una figura singular vence la incomprensión general gracias a su talento. Cuando alguien repite ese molde, nos encaja con una expectativa aprendida de antemano.
Según los autores, esa familiaridad podría aclarar por qué ciertas personas juzgan plausibles algunos discursos conspirativos sin sentir que abandonan su aprecio por la ciencia. Dentro de ese marco mental, continúan defendiendo aquello que creen que ha impulsado los grandes hitos: el genio perseguido que se enfrenta a una mayoría equivocada.
Lo que este estudio muestra… y lo que no demuestra
Como sucede con muchos trabajos psicológicos, conviene leer los resultados con cautela.
La encuesta no sostiene que ver documentales, escuchar pódcast o consumir divulgación informal convierta a nadie en creyente de conspiraciones. Tampoco afirma que cualquiera fascinado por personajes históricos termine aceptando pseudociencias.
Lo observado son relaciones entre determinadas variables medidas en un momento concreto. La distinción es decisiva porque correlación y causalidad no significan lo mismo.
Otro matiz llamativo es que la confianza en los científicos apareció como un predictor más sólido que la adhesión abstracta a “la ciencia”. Ese dato apunta a que la percepción de quienes investigan puede desempeñar un papel relevante.
Los autores reconocen limitaciones relacionadas con el diseño empleado, el tipo de muestra utilizada y la necesidad de nuevos trabajos encaminados a confirmar o ampliar estos indicios mediante metodologías diferentes.
Quizá el verdadero desafío sea contar mejor cómo opera la ciencia
La aportación más sugerente del artículo no consiste en afirmar que confiar en la ciencia favorezca las conspiraciones, faltaría más. Semejante lectura sería incorrecta, por decirlo con suavidad. Su propuesta invita a mirar hacia otro lugar: el legado cultural acerca del desarrollo de la investigación.

Si imaginamos que los adelantos dependen de personajes heroicos enfrentados al resto del mundo, será más fácil que alguien adopte ese mismo papel para reclamar credibilidad. Por el contrario, al advertir que lo que sabemos suele surgir del examen continuo, la cooperación internacional y la verificación independiente, cambia nuestra vara de medir ante afirmaciones sorprendentes.
Tal vez, esa sea la lección más valiosa. No basta con fomentar el interés por la ciencia; conviene mostrar además cómo funciona realmente. La solidez del conocimiento científico no reside en la genialidad aislada de unas pocas personas, sino en la capacidad colectiva para poner a prueba las ideas, subsanar errores y elaborar modelos más fiables sobre la realidad.
Captar esa diferencia no solo ayuda a interpretar mejor estas evidencias, sino que también modifica nuestra manera de distinguir entre un descubrimiento auténtico y una historia cuidadosamente diseñada para parecerlo.
Referencias
- Miguel d’Errico y Taha Yasseri. “Why do some people who trust in science also believe in scientific conspiracy theories?“. The Conversation, 20 de julio de 2026.
- Miguel d’Errico y Taha Yasseri. “What they don’t tell you about conspiracy theories: genius-driven science and informal science communication predict susceptibility to conspiracy beliefs“. Current Psychology, 23 de junio de 2026. DOI: 10.1007/s12144-026-09660-y.
- Ismail Harrando, Rodrigo Reyes Córdova y Achim Edelmann. “Scientific authority cues increase the spread of misinformation“. Proceedings of the National Academy of Sciences, 25 de mayo de 2026. DOI: 10.1073/pnas.2535823123.


