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sábado, agosto 22, 2026

De la orina fosforescente a la química contemporánea: así fue como la alquimia contribuyó al desarrollo de la ciencia del siglo XXI

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Antes de la química existió la alquimia: reyes, secretos y experimentos fallidos que, sin saberlo, sentaron las bases de la ciencia que hoy damos por hecha.

Pongámonos en situación: nos hallamos en Europa, en una de las cortes más refinadas del continente, hace más de 300 años. Ante el rey, la reina y su séquito desfila un curioso frasco. Todos lo contemplan asombrados: su contenido brilla en la oscuridad. No es magia, sino ciencia. El inusual brillo procede del fósforo, que se ha obtenido por accidente a partir de 1.500 galones (unos 5.700 litros) de orina humana. Su descubridor, un alquimista alemán del siglo XVII, arruinó a dos esposas para financiar su obsesión. Buscaba oro, pero en su lugar encontró la luz.

Es una de las muchas historias de la ciencia que el periodista Kit Chapman recoge en su libro La era de la alquimia: cómo los innovadores pioneros dieron forma a la química moderna (The Age of Alchemy: How Early Innovators Shaped Modern Chemistry, Profile Books, 2026). La obra, finalista del Royal Society Trivedi Science Book Prize, muestra la cara oculta de la investigación científica. Antes de que existiera la química, existió la alquimia: un mosaico de ensayo y error, secretismo y fe. La practicaron reyes, monjes, esclavos y visionarios. De ese caos surgiría, siglos después, el método que hoy sostiene la ciencia del siglo XXI.

Antes de que existiera la química, existió la alquimia: un mosaico de ensayo y error, secretismo y fe, que fue practicado por reyes, monjes y visionarios.

Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

El hombre que buscó oro en su propia orina

Hennig Brand fue, según lo describe Chapman, un alquimista en el sentido más puro del término. Este estudioso, que vivió en la Alemania del siglo XVII, estaba convencido de que la orina humana, dorada como el metal que tanto ansiaba, contenía la clave de la transmutación. Para verificar su intuición, Brand acumuló miles de litros de este líquido y lo sometió a destilaciones y experimentos durante meses.

Aunque no obtuvo oro, sus esfuerzos no fueron en vano: descubrió una sustancia blanquecina que emitía luz propia en la oscuridad. Había aislado el fósforo. Brand es, de hecho, la primera persona en descubrir un elemento químico de la que se tiene constancia. Sin embargo, Brand ignoraba por completo qué había fabricado ni por qué brillaba.

Fiel a la lógica alquímica, guardó el secreto hasta que decidió vendérselo a un colega. El extraño material emprendió entonces una gira por las cortes europeas como una curiosidad de salón. Tendría que llegar el químico y filósofo Robert Boyle (1627-1691) para desentrañar, décadas más tarde, la naturaleza real del fenómeno. La historia de Brand ilustra un patrón que suele repetirse en la historia de la alquimia: la práctica y el resultado empírico precedían a la explicación. Se hacían descubrimientos genuinos, pero sin un marco teórico que los explicara.

Buscando transmutar la orina en oro, Henning Brand se convirtió en la primera persona en descubrir un elemento químico de la que se tiene constancia.

Labboratorios
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

Secretos y códigos: el verdadero precio del conocimiento

Los hallazgos que se producían en el seno de la alquimia generaban una obsesión por ocultar sus secretos. El primer tratado alquímico conocido, Physika Kai Mystika, se traduce literalmente como Cuestiones naturales y secretas. Puesto que sus autores solían depender de la exclusividad de las recetas y los experimentos para sobrevivir, a menudo recurrían a un lenguaje cifrado para proteger sus técnicas de los ojos curiosos de la competencia.

Ese impulso de esconder el saber tuvo consecuencias devastadoras. En el año 300 d.C., el emperador romano Diocleciano ordenó destruir los textos alquímicos de Alejandría. Temía que la promesa de fabricar oro devaluara la moneda imperial y alimentara conspiraciones contra su trono. El miedo era comprensible, pues veinticinco de sus predecesores habían muerto asesinados o en circunstancias violentas. El resultado, en cualquier caso, fue una pérdida irreparable de conocimiento acumulado.

En el año 300 d.C., el emperador romano Diocleciano ordenó destruir los textos alquímicos de Alejandría, pues temía que la promesa de fabricar oro devaluara la moneda imperial.

Alquimista
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

De Paracelso a Lavoisier: el nacimiento de la química moderna

El giro decisivo llegó cuando distintos pensadores empezaron a exigir pruebas en lugar de dogmas. Paracelso (1493-1541), médico y alquimista suizo tan errático como brillante, llegó a creer en la existencia real de las sirenas. Aun así, se atrevió a cuestionar la medicina de su tiempo, basada en la teoría de los cuatro humores corporales. Insistió en que había que examinar y experimentar con los pacientes, en lugar de diagnosticar a distancia como dictaba la costumbre médica. Esa insistencia en mantener el contacto directo con la evidencia sentó una de las bases de la medicina moderna.

El cierre definitivo de la era alquímica llegó con Antoine Lavoisier (1743-1794), químico francés ejecutado durante la Revolución Francesa. Formuló la ley de conservación de la materia. Elaboró, además, una de las primeras listas sistemáticas de elementos químicos, sustituyendo la especulación mística por la medición rigurosa. Chapman lo equipara con Isaac Newton: cuando toda la magia se disipa, ahí nace la química tal como la entendemos hoy.

La científica china Tu Youyou aisló la artemisinina, el compuesto antimalárico más eficaz descubierto hasta la fecha, a partir de un manual alquímico de remedios herbales de casi 1.700 años de antigüedad.

Una ciencia que nace de los misterios naturales

Ese legado que conecta la alquimia con la química sigue vivo en pleno siglo XXI. La científica china Tu Youyou, por ejemplo, recibió el Nobel de Medicina de 2015 por aislar la artemisinina, el compuesto antimalárico más eficaz descubierto hasta la fecha. Lo obtuvo a partir de un manual alquímico de remedios herbales de casi 1.700 años de antigüedad. La conexión entre el pasado protocientífico y los laboratorios contemporáneos, lejos de ser anecdótica, es capaz de producir fármacos que salvan vidas.

Comprender la alquimia permite reconocer el terreno fértil, caótico y profundamente humano del que surgió el método científico. Cada destilación fallida, cada receta cifrada y cada hallazgo accidental formaron parte de un proceso colectivo de conocimiento. Detrás de cada avance químico, por tanto, late la misma curiosidad terca que llevó a un hombre a hervir litros y litros de orina en busca de oro.

Referencias


Fuente Informativa

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