Larry Gallegos tenía unos ocho años cuando su padre se fue de la casa. Los dejó a él, a su hermano menor y a su mamá con una deuda de cinco meses de renta y sin haber pagado la luz.
Luego vinieron años y años de lucha. Hacer la tarea a la luz de una vela, tener que ir al teléfono público de la esquina para llamar a los compañeros y preguntarles sobre las asignaciones escolares —porque no tenían una línea en casa—, compartir el apartamento con extraños para poder pagar la renta. Y su madre sosteniendo dos trabajos, uno como conserje y otro cosiendo cuellos para camisa.
Gallegos reconoce que creció con mucha rabia, la que también le sirvió de impulso para, en algún momento, demostrarle a su progenitor que su familia pudo salir adelante sin él. Por eso, siempre creció con la idea de convertirse en abogado, porque quería trabajar en leyes que protegieran a las familias. Pero cuando terminó la carrera de sociología y comenzó a trabajar en una organización para proteger a personas en situación de riesgo, descubrió que esa no era su vocación.
La siguiente opción para tratar de influir en las leyes fue el gobierno local; trabajó con varios funcionarios hasta que llegó a un trabajo de ensueño, el de Subdirector de Asuntos Gubernamentales de la Autoridad de Transporte Metropolitano. Pero cuando apenas tenía ahí cinco meses, la empresa de transporte Lyft le ofreció trabajo.
“Les dije que no porque tenía muy poco tiempo en la MTA y no quería quemar mis puentes”, dijo. Gallegos.
Luego, un amigo le recomendó que fuera más arriesgado, que reconociera su valor.
Gallegos aceptó el trabajo de Lyft y luego de tres años se fue a CLEAR, una empresa de tecnología que verifica la identidad de las personas y agiliza procesos de acceso en lugares como aeropuertos. Desde hace casi dos años es el Director de Asuntos Públicos de esa compañía y ya no está dispuesto a ponerse límites.
“Yo tengo 39 años, y CLEAR no va a ser mi última parada”, aseguró.
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