España empieza a registrar un freno en la expansión de las infecciones de transmisión sexual (ITS), después de una década marcada por el aumento de los diagnósticos. El informe de vigilancia epidemiológica de 2025, elaborado por el Centro Nacional de Epidemiología, recoge descensos moderados de la sífilis y el linfogranuloma venéreo, mientras que la gonorrea prácticamente se mantiene estable. La clamidia, en cambio, continúa al alza.

El cambio resulta relevante porque interrumpe una trayectoria ascendente que alcanzó máximos en 2024. No obstante, interpretar estos datos como una victoria prematura sería un error: las cifras siguen siendo elevadas y una variación anual no basta para confirmar que el problema está remitiendo de forma sostenida.

La gonorrea registró 37.467 casos en 2025, apenas diez más que el año anterior, aunque su tasa descendió ligeramente por el crecimiento de la población. La sífilis pasó de 11.964 a 11.879 diagnósticos, mientras que el linfogranuloma venéreo bajó de 2.039 a 1.824. Estos retrocesos apuntan a una posible estabilización, pero no eliminan la necesidad de reforzar las medidas preventivas.

La detección también influye en las cifras

Explicar la evolución de las ITS exige distinguir entre la transmisión real y la capacidad del sistema sanitario para identificarla. Un incremento de los diagnósticos puede reflejar más contagios, pero también una mayor realización de pruebas y una mejor notificación de los casos.

Los programas de profilaxis preexposición frente al VIH, conocida como PrEP, han facilitado el seguimiento periódico de personas con mayor exposición al riesgo. Estos controles permiten detectar otras infecciones que podrían pasar inadvertidas. Sin embargo, los cambios en la frecuencia de los cribados también pueden modificar las estadísticas, sin que eso implique necesariamente una reducción equivalente de los contagios.

La prevención, el uso del preservativo, la educación sexual y el acceso a pruebas diagnósticas son, por tanto, piezas complementarias. Ninguna explica por sí sola toda la evolución observada.

También se ha planteado la posible influencia de la DoxyPEP, una estrategia que utiliza doxiciclina después de determinadas exposiciones sexuales para reducir el riesgo de algunas infecciones bacterianas. Su efecto no es uniforme: no ofrece una protección equivalente frente a todas las ITS y su uso debe valorarse con criterios médicos, entre otras razones por las implicaciones que tiene el consumo de antibióticos para las resistencias bacterianas.

La clamidia mantiene encendida la señal de alarma

La principal excepción a la estabilización es la clamidia, que aumentó un 4% en 2025, hasta alcanzar los 44.511 casos. Desde 2016, sus diagnósticos se han multiplicado por más de seis, con una incidencia especialmente destacada entre los jóvenes.

Una cuarta parte de los casos corresponde a personas de entre 20 y 24 años, mientras que cerca de uno de cada diez se registra entre adolescentes de 15 a 19 años. Este patrón refuerza la importancia de mejorar la información sexual, facilitar las pruebas y promover la detección temprana, especialmente cuando no existen síntomas.

El informe también muestra una mayor afectación masculina en las cuatro infecciones analizadas, aunque la clamidia presenta una incidencia particularmente elevada entre mujeres jóvenes. Además, las infecciones pueden permanecer sin detectar y favorecer complicaciones si no reciben tratamiento.

El balance de 2025 deja así una conclusión prudente: el crecimiento de las ITS podría estar perdiendo fuerza, pero todavía no existe evidencia suficiente para dar por consolidado el cambio. Confirmarlo dependerá de la evolución de los próximos años y de que la prevención y el diagnóstico sigan siendo prioridades de salud pública. @mundiario