Una corriente que invita a las mujeres a “despertar” ante las relaciones heterosexuales y a protegerse con reglas estrictas, cĆ”lculo emocional y cero error
El hombre debe ser un caballero y la mujer debe ser conquistada. Ella debe ponerse linda, Ć©l pagar la cuenta. Ćl toma la iniciativa; ella se hace la difĆcil. Y nada de sexo sin previo compromiso.
Consejos que muchas mujeres han escuchado, ya fuera antaƱo, cuando regĆan estrictas normas de cortejo, o despuĆ©s, a pesar de los cambios que trajeron el movimiento de liberación de las mujeres y la posterior revolución sexual.
El libro āLas reglas del juegoā de Ellen Fein y Sherrie Schneider (1995), por ejemplo, fue un Ć©xito por ofrecer tĆ”cticas para atrapar al hombre de los sueƱos, que incluĆan no hablarle primero ni llamarlo jamĆ”s; nunca pagar y ni siquiera besos apasionados en las primeras citas.
Pero ahora estamos en la era de internet⦠y de la desazón.
Todo es mƔs extremo, y un poco mƔs amargo.
¿Qué queda cuando los consejos de la abuela se cruzan con algoritmos y desencanto colectivo?
La femosfera. Un ecosistema de influencers, foros, pódcasts y consejos que llama a las mujeres a replantearse el amor -despojÔndolo de cualquier espejismo romÔntico- y a transformar la forma en que afrontan las relaciones.
MĆ”s que eso: las anima a ātomar la pĆldora rosaā, referencia a la āpĆldora rojaā del filme The Matrix, en la que simbolizaba el acceso a una realidad oculta.
En el caso de la rosa, esa realidad no estÔ oculta, solo velada. Las relaciones heterosexuales estÔn estructuralmente desequilibradas en favor de los hombres, sostienen, asà que hay que aprender a detectar patrones masculinos, elevar los estÔndares y evitar relaciones perjudiciales.
La metĆ”fora de la pelĆcula ya habĆa sido apropiada por la manosfera, esa corriente que aglutina a una selección variopinta de hombres que se sienten amenazados por las mujeres y reaccionan con actitudes y discursos agresivos.
Para ellos, la pĆldora roja designa el despertar de quienes āvenā la supuesta manipulación femenina y un sistema que -segĆŗn creen- perjudica a los hombres.
Esa reapropiación y reversión de términos que hace la femosfera no es rara. Al fin y al cabo, es, en parte, una reacción a la agresión de ese turbio submundo masculino.
Asà que cuando te asomas a observar ambos fenómenos, notas rÔpidamente similitudes, pero también profundas diferencias.
La mĆ”s fundamental, como enfatiza la Dra. Jilly Kay, quien acuñó el tĆ©rmino āfemosferaā, es que esta āno supone el mismo tipo de amenaza social ni de violencia en el mundo realā que la manosfera.
āAunque ciertas comunidades son espejo de algunas de las tĆ”cticas y del lenguaje, o a veces deshumanizan a los hombres asĆ como ellos lo han hecho con las mujeres -le dijo a BBC Mundo-, eso no significa que sean equivalentesā.
La manosfera, explica la experta en estudios culturales y mediÔticos feministas de la Universidad de Loughborough, es una exacerbación de la violencia masculina contra las mujeres, un problema social endémico.
āNo existen las mismas condiciones sociales para que la femosfera provoque una amenaza de violencia masiva femenina contra los hombresā.
Lo que sucedió, seƱala Kay, es que las redes les permitieron compartir experiencias y, al encontrar tantas similitudes en tantos lugares, concluyeron āque todos los hombres son y siempre serĆ”n fundamentalmente terribles, y que no hay nada que puedas hacer para cambiarlos social o emocionalmente, asĆ que tenĆan que unirse, planificar y actuar de una manera despiadadamente egoĆstaā.
Con todo y eso, subraya Onyinyechi Ezeanowi, activista por los derechos de las mujeres y experta en entornos digitales, āno hay una equivalencia femenina de la manosfera. No tenemos mujeres que le enseƱen a otras mujeres a abusar o a ser violentas contra los hombresā.
āLes estamos enseƱando empoderamiento, y a que se defiendan y luchen por sus derechos e igualdadā, asegura en conversación con BBC Africa.
Aunque Ezeanowi no se identifica con muchas de las ideologĆas de la femosfera, sĆ entiende su rumbo.
BBC Mundo también intentó entenderlo.
La brutal realidad
Si nos tomamos la pĆldora rosa, lo primero que entendemos es que, a pesar de todas las luchas de las mujeres, el mundo sigue funcionando a favor de los hombres.
La brecha salarial y pensional sigue siendo enorme, pocas mujeres han logrado alcanzar posiciones altas en cualquier esfera; la justicia aún no responde apropiadamente a casos de violencia doméstica, violaciones, acoso o abusos.
Encima, desde el punto de vista de la femosfera, las feministas anteriores alentaron a las mujeres a comportarse como hombres, y eso terminó favoreciéndolos a ellos.
Señalan, por ejemplo, que el sexo casual es precisamente lo que buscan, o que en la vida de pareja la carga de trabajo doméstico y emocional sigue recayendo mayoritariamente en los hombros de las mujeres, asà tengan empleo, lo que las deja exhaustas, no empoderadas.
Si estÔs detectando ecos del feminismo tradicional, tienes razón. De hecho, muchas de las figuras de la femosfera se declaran feministas, pero sus reacciones y estrategias ante la situación son distintas.
āRechazan el principio de igualdad, porque les ha fallado, asĆ que la idea de ser realista es la filosofĆa subyacente: tienes que despertar a esta brutal verdadā, explica Kay.

Si la igualdad de gĆ©nero es un delirio inalcalzable, ālo Ćŗnico que puedes hacer es aceptar esta idea tan tradicional de que hombres y mujeres tienen roles muy delimitados y diferentes en la sociedadā.
Como en la manosfera, en la femosfera los gĆ©neros son considerados distintos, tanto fĆsica como psicológicamente, lo que para la primera prueba que las mujeres son inferiores, y para la segunda, que los hombres son el problema.
Pero, en lugar de intentar arreglar el sistema polĆticamente como se solĆa hacer, la femosfera le enseƱa a las mujeres a manipularlo individualmente.
La idea serĆa que, si cada mujer se cuida a sĆ misma y evita caer en situaciones indeseables, habrĆ” cambio, pues los hombres de bajo valor no encontrarĆ”n vĆctimas.
Y ahà nos topamos con una de las varias etiquetas que hay que comprender para navegar por ese mundo cuyo hogar son las redes sociales, pero que también se materializa en libros.
Palabras, palabras, palabras
Hay que aclarar que la femosfera es un lugar diverso, de manera que no todas las comunidades que se identifican con una u otra influencer o espacios como el pódcast Female Dating Strategy (Estrategia de citas para mujeres) siguen exactamente el mismo guion.
Pero para orientarnos, sirve entender ciertos conceptos y clasificaciones tan reconocidas en esas esferas que no requieren explicación.
En la femosfera alientan a las mujeres a convertirse en la mejor versión de sà mismas, yendo al gimnasio, estudiando, vistiéndose bien y sanando sus traumas.
AdemƔs, se tienen que descentrar, es decir, centrarse en su independencia financiera y en su paz mental, en lugar de dejar que todo gire en torno al romance y que los hombres sean el centro de su vida.
La meta es convertirse en una MAV o Mujer de Alto Valor, y eso ocurre cuando deja de ver ese desarrollo personal como un regalo para el mundo, y empieza a verlo como un activo estratégico que requiere una inversión equivalente por parte del hombre.
Si, por el contrario, tras esforzarse tanto, sigue aceptando migajas o ruega por amor, la femosfera la clasifica como una āPick-Meā de alto nivel o una mujer ingenua.
AsĆ, la MAV es una mujer que, tras evaluar frĆamente su propio capital estĆ©tico, social y psicológico, sabe cuĆ”nto vale y no se deja explotar por el mercado de las citas.
Esas MAVs buscan HAVs, hombres de alto valor.
Es el hombre ideal de su filosofĆa: proveedor, económicamente estable, emocionalmente maduro, respetuoso, leal, protector y generoso.
Su contraparte, el hombre de bajo valor (HBV), es tacaño o no tiene la capacidad económica, la estabilidad emocional, ni el instinto de protección para proveer a una mujer, no quiere progresar o exige atención sin dar nada a cambio.

En esas definiciones caben muchas otras cosas, y hay muchos otros términos pero al final hay una ecuación: en cualquier relación el hombre tiene que sumar y no restar.
Y es que, aunque parezca un poco contradictorio, muchĆsimos de estos espacios repletos de mujeres empoderadas, de lo que mĆ”s hablan es de estrategias para conseguir pareja.
Solo que con cuidado.
Reglas para cumplir
Hay varias cosas que a menudo les cuestionan, por ejemplo, la afirmación de que ātodos los hombres son igualesā.
La respuesta es: āClaro que sabemos que no todos lo son, pero si yo te doy una bolsa de dulces y te digo que el 10% estĆ” envenenado⦠¿No examinarĆas con muchĆsimo cuidado cada uno antes de comĆ©rtelo?ā.
Eso es lo que aconsejan hacer, sin piedad alguna.
Los estƔndares, por ejemplo, no son negociables: una MAV no da segundas oportunidades.
Si un hombre sugiere una primera cita barata (como ir a caminar o a tomar cafƩ) o propone ir 50/50 con los gastos, es descartado inmediatamente.
¿Por qué el hombre debe pagar?
Las razones van desde el mayor poder adquisitivo que suelen tener los hombres, hasta el cĆ”lculo de cuĆ”nto invirtió ella en maquillaje, depilación, vestuario y peluquerĆa para esa cita.
ĀæMuy frĆo todo? Pues sĆ, Āæy quĆ©?, es la posición. Las mujeres no pueden seguir yendo a la batalla armadas con rosas, opinan.
Desapego y autocontrol emocional son uno de los escudos: no operan desde la necesidad de aprobación ni el miedo a la soledad.
Si un hombre reduce su esfuerzo o muestra conductas dudosas, la MAV se retira sin drama, sin explicaciones y sin llanto. Su atención como un recurso escaso.
Y nada de enamorarse ni dejarse engaƱar.

Aunque se plantea como un juego transaccional manipulativo y crudo, lo curioso es que esos filtros pueden servir como un chaleco antibalas emocional para asegurarse de que el hombre con el que se sientan a la mesa no sea un narcisista, un estafador o un maltratador.
Los sujetos narcisistas y abusivos, por ejemplo, utilizan el Love Bombing (bombardeo de amor): les dicen que son el amor de su vida en la primera semana, las saturan de poemas, atención y promesas vacĆas.
Varias creadoras de contenido alertan sobre los riesgos. E instruyen a sus seguidoras a mantener una distancia psicológica frĆa. Al auditar al hombre basĆ”ndose puramente en hechos tangibles y estables en el tiempo, se neutraliza la manipulación emocional del abusador.
Si el hombre no puede sostener sus promesas con un comportamiento respetuoso y protector a largo plazo, el filtro lo expulsa antes de que la mujer quede atrapada psicológicamente.
Si te fijas en las estrictas āreglas de etiquetaā que imponen estas gurĆŗs para las primeras citas, verĆ”s que coinciden con los manuales de prevención de agresiones sexuales de la policĆa y organizaciones de apoyo a vĆctimas:
Prohibido ir a la casa de un hombre, o invitarlo a la de ella, durante los primeros meses. Y prohibido que las recoja en su carro: exigen que la mujer llegue por sus propios medios a un lugar pĆŗblico y concurrido.
Aunque sirven para āhacerse la difĆcilā, logĆsticamente garantizan que la mujer mantenga el control total de su movilidad fĆsica, eliminando el riesgo de quedar atrapada en un espacio privado donde sea vulnerable a una agresión sexual o fĆsica.
Entre el desencanto y la resignación
Eso de ser una cosa pero tambiĆ©n otra parece ser una caracterĆstica de la femosfera.
Cuando te choca el lenguaje crudo con el que hablan del amor, de repente dicen algo que resuena. Cuando hablan de los hombres como un objeto con un valor comercial, notas que tambiƩn estƔn pidiendo que las valoren y las respeten.
Te pueden repeler, pero tambiƩn pueden hacer que te carcajees.
Para Kay, la femosfera responde a algo real: las citas heterosexuales, dice, son genuinamente difĆciles para las mujeres, por la normalización de la pornografĆa misógina, las apps de citas, que sacan lo peor del comportamiento humano, y la amenaza persistente de la violencia sexual.
El problema, seƱala, es cómo resuelve el diagnóstico: āLa violación y la violencia sexual suelen verse como comportamientos innatos en algunos hombres [ā¦] asĆ que no puedes hacer mĆ”s que evitar a esos hombres de bajo valor, porque siempre estarĆ”n ahĆā. No hay espacio, dice, para pensar que la sociedad podrĆa cambiar; la violencia queda convertida en algo casi biológico, inevitable.
La femosfera, aƱade, āes una extraƱa y compleja mezcla de algunas ideas feministas, con las que es difĆcil no estar de acuerdo, pero con soluciones muy reaccionarias al problemaā.
āConfusa es la palabra que creo es la mejor para describirlaā.
Lo que Kay lamenta es que āes una idea muy realista, pero, en Ćŗltima instancia, muy fatalista. Es la idea de que deberĆamos abandonar la polĆtica y renunciar a cualquier intento de mejorar la sociedadā.
Y le preocupa que eso sea lo que las jóvenes empiecen a entender por feminismo.
Resalta que existen otras comunidades que no adoptan la visión de que hombres y mujeres estarĆ”n fundamentalmente siempre en guerra entre sĆ, y que nada podrĆa cambiar.
Pero, remata, āhay algo en los medios digitales en este momento que parece ser susceptible a este tipo de lógica mĆ”s reaccionariaā.
Y ahà queda la femosfera: a medio camino entre el manual de autoayuda y el parte de guerra, jurando blindar el corazón mientras, en el fondo, sigue esperando lo mismo que cualquier historia de amor de toda la vida: que aparezca alguien que valga la pena.

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