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miércoles, agosto 26, 2026

Le inyectan en los ojos mitocondrias de su propia pierna: el primer intento humano de reencender neuronas apagadas

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Un equipo de Mount Sinai extrajo mitocondrias del músculo de una paciente ciega y las inyectó en sus ojos. El procedimiento fue seguro, pero la visión no volvió.

La escena es difícil de imaginar sin incomodarse un poco. A una mujer que había perdido la visión tras una hemorragia cerebral se le extrajo un fragmento de músculo de la pierna para aislar sus mitocondrias. Y ese concentrado de orgánulos vivos se le inyectó directamente en los ojos.

Cambiarle las pilas a una neurona

Dentro de cada célula hay unas estructuras diminutas que fabrican su energía. Un equipo de Nueva York las ha sacado del músculo de una mujer ciega y las ha inyectado en sus ojos, a ver si las neuronas que aún quedaban vivas volvían a funcionar. Esto es lo que ocurrió.

  1. Las mitocondrias que se inyectaron no venían de un donante ni de un laboratorio: se extrajeron del músculo de la pierna de la propia paciente. Por eso su cuerpo no tenía nada que rechazar.
  2. El músculo de las piernas es una cantera razonable de mitocondrias precisamente porque es un tejido caro de mantener: se contrae, gasta y está lleno de ellas.
  3. No se reconectó ningún cable. La apuesta era que las células nerviosas de la retina que aún seguían vivas absorbieran esas estructuras y volvieran a producir energía.
  4. La pupila de la paciente volvió a reaccionar a la luz, pero la respuesta se fue apagando alrededor de la cuarta semana.
  5. Lo que llegó a percibir fueron formas y sombras con el ojo izquierdo. Ni letras, ni caras, ni visión útil.
  6. En ratones, inyectar mitocondrias en el interior del ojo lesionado aumentaba la supervivencia de esas mismas células nerviosas. Ese fue el argumento para atreverse a probarlo en una persona.

No es una ocurrencia. Un equipo de la Escuela de Medicina Icahn en Mount Sinai dirigió este primer ensayo, autorizado de emergencia por la FDA bajo la figura del uso compasivo que se concede cuando no existe otra alternativa clínica.

Conviene decir cuanto antes qué se demostró y qué no. Se demostró que el procedimiento no hizo daño: no hubo inflamación, ni lesión dentro del ojo, ni rechazo. No se demostró que devuelva la vista.

Lo que se probó aquí no es una cura. Es que trasplantar orgánulos vivos a un ojo humano no destruye el ojo.

Por qué una neurona puede estar viva y a oscuras

Para entender la apuesta hace falta una idea previa, y solo una: las neuronas son células con un consumo energético desmesurado. Necesitan producir energía sin descanso para mantener su membrana en condiciones, disparar señales y sostener sus prolongaciones. Esa energía la fabrican las mitocondrias.

Cuando la retina y el nervio óptico sufren un daño masivo, como ocurrió aquí tras la hemorragia, no todas las células mueren de golpe. Una parte de las células ganglionares de la retina, las neuronas que recogen la señal visual y la envían al cerebro, puede quedar en un estado intermedio: viva, pero incapaz de trabajar. Atrofiada, en penumbra metabólica.

La analogía más honesta es la de una bombilla intacta conectada a una batería agotada. El fallo no está en el filamento. Si le cambias la batería, la bombilla se enciende. Pero si además el cable está cortado, cambiar la batería no arregla el cable. Y en esta paciente el cable (el nervio óptico) sí tenía daño estructural.

Esa distinción es toda la historia. La hipótesis del ensayo no era regenerar un nervio destruido, sino dar soporte metabólico a lo que quedaba vivo, esperando que esas células captaran las mitocondrias inyectadas y volvieran a producir energía por sí mismas.

Ilustracion cientifica de una neurona retiniana captando mitocondrias sanas
Ilustracion generada con IA del mecanismo propuesto en el estudio: mitocondrias sanas captadas por una celula ganglionar de la retina. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

Qué se midió realmente

Los resultados que ha comunicado el equipo son modestos y hay que leerlos con precisión.

Hubo una respuesta pupilar a la luz: la pupila volvió a contraerse ante un estímulo luminoso, algo que antes no ocurría. Es una señal objetiva, medible, y sugiere que algo del circuito respondía. Pero la respuesta se atenuó a partir de la cuarta semana, hasta desvanecerse.

En cuanto a la experiencia visual, la paciente llegó a percibir formas y sombras con el ojo izquierdo. No recuperó agudeza visual funcional: no distinguía letras ni rostros. En términos clínicos, siguió siendo una persona ciega.

Una pupila que reacciona no es una persona que ve. Es una pieza del circuito que responde.

Y hay una cautela más, la más importante de todas: con un solo paciente es imposible atribuir con certeza esos cambios a las mitocondrias. La coincidencia temporal es sugerente, no es prueba. El trabajo se ha difundido como preprint, es decir, publicado en abierto antes de pasar la revisión por pares que somete un estudio al escrutinio de otros especialistas.

Lo que este caso no demuestra

Merece la pena analizar cada límite con rigor, porque el titular fácil está a un paso.

  • El ensayo no curó la ceguera: no hubo curación ni recuperación de visión útil.
  • Tampoco regeneró el nervio óptico: ningún tejido nervioso destruido volvió a crecer ni a reconectarse.
  • No fue un reemplazo de neuronas completas, sino un aporte de orgánulos subcelulares que cambia por completo la escala terapéutica esperable.
  • Y tampoco constituye un tratamiento clínico disponible, sino un estudio inicial de seguridad en un único paciente para justificar futuros ensayos.

Lo que sí es: la primera vez que un ser humano recibe un trasplante de mitocondrias en el ojo y lo tolera sin complicaciones. Eso, en medicina experimental, es un permiso para seguir.

La verdadera pregunta es cuándo

Hasta ahora la medicina trasplantaba órganos, tejidos y células. Este caso baja un nivel más: trasplantar componentes del interior celular. Si la estrategia acaba funcionando, el frente natural no es la ceguera total y tardía, sino las enfermedades donde el problema no es que falten células sino que están exhaustas: el glaucoma, las neuropatías ópticas, quizá procesos neurodegenerativos más amplios.

Y ahí aparece la pregunta que este caso deja abierta. Si el beneficio depende de que aún queden neuronas vivas a las que rescatar, la ventana de intervención podría ser mucho más temprana de lo que permitió esta paciente, tratada mucho después del daño. El siguiente paso lógico no es inyectar más mitocondrias, sino inyectarlas antes.

Mientras tanto, el experimento deja una imagen mental que se queda: las mitocondrias, que llegaron a nuestras células hace unos 1.500 millones de años como bacterias engullidas que nunca se marcharon, pueden ahora viajar de un músculo a un ojo dentro de la misma persona. Y lo hacen sin que el cuerpo se dé cuenta.

El ojo lo toleró. Esa es, hoy, toda la certeza disponible.

Que eso baste para volver a ver es otra historia, y todavía no está escrita. Lo que hoy sabemos con seguridad es más pequeño y menos épico: se puede hacer, y el ojo lo aguanta. En un terreno donde los implantes de retina y los sistemas de visión artificial llevan décadas avanzando a base de pasos mínimos, empezar por ahí no es poca cosa.

Referencias

  • Naddaf, M. (2026). Patient’s own mitochondria injected into eyes in attempt to restore vision. Nature News. https://doi.org/10.1038/d41586-026-02616-z
  • Putrino, D. et al. (2026). Autologous Mitochondrial Transplantation for Optic Nerve and Retinal Injury: A First-in-Human Feasibility and Safety Study. Research Square (preprint, pendiente de revisión por pares). https://doi.org/10.21203/rs.3.rs-10622019/v1

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