Al cruzar la frontera tambiĂ©n atravesamos una lĂnea Ăntima y personal que divide nuestra propia historia
Cuando migramos, hacemos maletas con ropa, papeles y fotos, quizĂĄs tambiĂ©n agreguemos un paquete de cafĂ© o una bolsa de harina para las arepas del primer mes, pero lo mĂĄs importante viaja con nosotros sin que lo empaquemos.Â
Viaja la manera de saludar con un beso, la costumbre de ofrecer un cafecito apenas alguien cruza la puerta, el almuerzo del domingo y su sobremesa interminable, los cumpleaños con los primos, los tĂos, los vecinos y el pastel que se parte cuando los niños ya estĂĄn dormidos, la espera hasta la medianoche en Nochebuena y la abuela que colabora en la crianza de los niños sin dejar de ser madre.
Todo esto tambiĂ©n es un idioma, uno propio: el de los vĂnculos. Es el que nos recuerda quiĂ©nes somos y a dĂłnde pertenecemos.
Ni bien arribamos a este paĂs la gramĂĄtica vincular es completamente diferente, las relaciones y la vida social tienen horarios previamente agendados, no hay lugar para la visita espontĂĄnea y hasta se pacta el tiempo de duraciĂłn de una fiesta infantil. Los hijos tienen una fecha estipulada para dejar la casa paterna y el espacio familiar se vive de otra manera, con puertas mĂĄs cerradas y mayor independencia. Son costumbres con su propia lĂłgica, tan vĂĄlidas como las nuestras, y adaptarse a ellas exige flexibilidad y aprendizaje.
Al cruzar la frontera tambiĂ©n atravesamos una lĂnea Ăntima y personal que divide nuestra propia historia: adelante estĂĄ el desafĂo de integrarnos conservando la raĂz y la esencia, y atrĂĄs la construcciĂłn de quienes somos.
Esta dualidad se intensifica con la llegada de los hijos y muchas familias lo comienzan a transitar desde antes de la primera palabra del bebĂ©. ÂżLe hablamos en español o en inglĂ©s? La abuela teme que su nieto no la entienda, el papĂĄ recuerda lo que sufriĂł con su acento, alguien dice que dos idiomas lo van a confundir (la ciencia ya demostrĂł que no es asĂ) y otro responde que, si no aprende español, nunca sabrĂĄ de dĂłnde viene.
Debajo de esa discusiĂłn aparece el miedo a que el hijo no encuentre su lugar y su pertenencia, el temor a ser una familia partida en dos generaciones que ya no se pueden comunicar. La madre que pasa semanas sin conversar con nadie fuera de casa porque nada se parece a lo que conoce, el abuelo que se queda callado en la mesa porque sus nietos hablan en otro idioma, el adolescente que se siente menos latino con sus primos y menos norteamericano con sus amigosâŠÂ
Hay emociones que se viven en silencio, especialmente en nuestra cultura, donde admitir dudas puede hacernos sentir culpa o vergĂŒenza. Y lo que no se habla puede terminar convirtiĂ©ndose en ansiedad, en discusiones que se repiten, en confusiĂłn o en aislamiento.
Pertenecer a dos mundos cansa cuando sentimos que hay que escoger uno, pero alivia cuando se descubre que podemos habitar ambos.
Conservar nuestra herencia depende de vivirla. Se transmite en la cocina, en las historias de los abuelos, en la mĂșsica del sĂĄbado, en las fiestas, en las palabras que elegimos y en esos pequeños rituales que hacen que un niño sienta que tambiĂ©n esa es su casa.
Nuestra herencia es lo que recibimos y también lo que decidimos compartir, transformar y dejar en nuestros hijos.
Daniela Sichel, psicĂłloga y fundadora de OpciĂłn Yo
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