Hay una señal inequívoca de que octubre ha llegado a Valladolid: la Seminci empieza a ocupar sus calles. Antes de que se apaguen las luces de las salas, de que las colas se formen frente a los cines o de que las conversaciones cinéfilas se prolonguen más allá de la última sesión, el festival se presenta ante la ciudad a través de su cartel.
Durante siete décadas, esas imágenes han anunciado mucho más que una programación cinematográfica. Han reflejado los gustos artísticos de cada época, la evolución del propio certamen, los cambios de la sociedad y la manera en que Valladolid se ha relacionado con el cine. Algunas han quedado en la memoria colectiva; otras han sobrevivido en los archivos y en las colecciones particulares de quienes guardan con cariño los recuerdos de cada edición.
Este 2026, la 71ª Semana Internacional de Cine de Valladolid recupera una fórmula que no se utilizaba desde 1974: una fotografía como imagen principal del cartel. La obra elegida, Power Boy (Mekong), de 2011, pertenece al director y artista visual tailandés Apichatpong Weerasethakul, ganador de la Palma de Oro de Cannes por Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas. Una elección que invita a volver la mirada hacia el origen y recorrer la historia gráfica de un festival que también se puede contar a través de sus carteles.
De una cruz a los primeros símbolos del cine (1956-1969)
La historia empieza en 1956, cuando Valladolid acogió la primera Semana de Cine Religioso. Su cartel, firmado por José Antonio Perelétegui, reflejaba sin ambigüedades el carácter de aquella iniciativa: una mano sujetaba una cruz sobre una composición en blanco y negro. La identidad visual respondía a los objetivos de un certamen que nació vinculado a la Semana Santa y al cine de temática religiosa.
Cartel oficial de la SEMINCI 1956.
En los años siguientes, los motivos religiosos continuaron presentes, aunque el lenguaje gráfico empezó a evolucionar. Los carteles de Ito de 1957 y 1958 y el de Carlos en 1959 muestran ese tránsito desde una representación ligada a los orígenes del festival hacia una imagen más abierta y cinematográfica. Precisamente, el cartel de 1959 abandonó la simbología religiosa más evidente para abrazar una composición abstracta, un primer indicio de la transformación que experimentaría la Seminci.
Cartel oficial SEMINCI 1959.
La década de los sesenta trajo consigo nuevas denominaciones y nuevos horizontes. En 1960, el festival pasó a llamarse Semana Internacional de Cine Religioso y Valores Humanos. El rollo de película comenzó a cobrar protagonismo como símbolo del séptimo arte y los diseños fueron dejando atrás la iconografía estrictamente espiritual.
Los focos, las formas geométricas y las referencias al lenguaje cinematográfico ocuparon el espacio antes reservado a los motivos religiosos. En 1963 apareció por primera vez la espiga en un cartel, un elemento que acabaría adquiriendo un valor especial para la identidad del certamen: hoy permanece asociado a los galardones más reconocibles de la Seminci.
En 1963 apareció por primera vez la espiga en un cartel, un elemento que acabaría adquiriendo un valor especial para la identidad del certamen: hoy permanece asociado a los galardones más reconocibles de la Seminci.
1973 y 1974: una nueva identidad y una fotografía histórica
En 1973, el festival adoptó el nombre de Semana Internacional de Cine de Valladolid, el que consolidaría su identidad actual. El cartel de aquella edición, firmado por Fede, se apoyaba en formas geométricas y elementos vinculados al cine, en sintonía con una época de experimentación visual.
Pero el año siguiente es el que cobra especial relevancia en este recorrido al que os he invitado.
El cartel de 1974, atribuido a Filadelfo, incorporó una fotografía de la entrada del desaparecido Cine Avenida. Aquel edificio no era una localización cualquiera: había sido una de las sedes históricas de la Semana desde 1958 y continuaría ligado al festival hasta 1975.
La imagen constituía, además, una forma de mirar a la propia ciudad. Frente a la ilustración, los símbolos abstractos o las composiciones artísticas, la fotografía convertía un espacio reconocible de Valladolid en protagonista del cartel. El festival se mostraba a través de uno de sus lugares, de una arquitectura que formaba parte de su memoria y de la experiencia de generaciones de espectadores.
Cartel oficial SEMINCI 1974.
Aquella fue la última ocasión en que una fotografía protagonizó el cartel hasta la elección de este 2026.
Los carteles de la segunda mitad de los setenta mantuvieron distintas aproximaciones a la imagen cinematográfica, con nombres como Manuel Sierra, Josep Renau, Alberto Fernández y Fede. Al mismo tiempo, la evolución de las fechas del certamen fue acercándolo progresivamente a su calendario otoñal: en 1978 se celebró en junio y, en 1979, pasó a octubre.
Los ochenta: la libertad artística y el nacimiento de unos labios inolvidables
Durante los años ochenta, los carteles abandonaron buena parte de la rigidez de las primeras composiciones y exploraron recursos más próximos a la pintura, la metáfora y la experimentación plástica. Artistas como Domingo Criado, Jorge Vidal, Gabino Gaona y Félix Cuadrado Lomas aportaron miradas diversas antes de que Manuel Sierra firmara los carteles de varias ediciones consecutivas.
Y entonces llegó 1984.
Aquel año apareció por primera vez la imagen de los labios rojos que terminaría convirtiéndose en una de las señas de identidad más reconocibles del festival. La propuesta de Manuel Sierra conjugaba la fuerza del rojo con una composición sencilla, acompañada por referencias al rollo de película.
Era una imagen con personalidad propia, fácil de recordar y capaz de sobrevivir al paso del tiempo. Para los vallisoletanos, esos labios acabarían siendo algo más que un motivo gráfico: una forma inmediata de reconocer la llegada de la Seminci.
Cartel oficial SEMINCI 1984.
Su permanencia demuestra la capacidad de un símbolo para trascender el cartel original y convertirse en parte de la identidad de una institución. Cuatro décadas después de su aparición, seguirían presentes en la renovación visual del festival.
1989: cuando Hollywood se coló en Valladolid
El cartel de aquel año, firmado por Vicente Pérez, reunió siluetas de personajes muy conocidos del universo audiovisual. Charles Chaplin, James Bond, Robocop, el gato Silvestre, la Pantera Rosa y Superman, entre otros, se dieron cita en una composición que convertía el imaginario cinematográfico internacional en su principal reclamo.
El resultado funcionaba como un guiño a los espectadores: una invitación a reconocer figuras, recordar películas y descubrir cuánto podía caber en una sola imagen.
Cartel oficial SEMINCI 1989.
En un festival atento al cine de autor, a las cinematografías internacionales y a las distintas maneras de entender el séptimo arte, aquella colección de personajes populares ofrecía otra forma de celebrar el cine. La Seminci no renunciaba a su vocación cultural, sino que recordaba que la historia cinematográfica también está hecha de iconos compartidos por públicos de muy distintas generaciones.
Los años siguientes mantuvieron esa diversidad. Entre 1991 y 1996, los carteles de Enrique Panedas aportaron continuidad a una etapa de gran personalidad gráfica. Después llegarían nuevas propuestas, como las de Adrián y Ureña, que mostraron que no había una única fórmula para representar al festival.
De los grandes artistas a los 50 años de historia (2000-2013)
Con el cambio de siglo, la colección se convirtió en un auténtico escaparate de estilos y firmas artísticas. Los carteles acreditados a Edward Hopper, Miquel Barceló, William Roberts, George Segal y Thomas Hart Benton dan cuenta de la diversidad de referencias que han acompañado a la Seminci. La serie incluye también nombres como Karen Mazzarella y Jack Vettriano, junto a distintos estudios y diseñadores.
La edición de 2005 merece una mención especial: el cartel de Eduardo Arroyo celebró el 50 aniversario del certamen con dos rostros, masculino y femenino, representados con una estética de inspiración cubista y unas llamativas gafas tridimensionales.
Cartel oficial SEMINCI 2005.
Había algo simbólico en esa elección. Medio siglo después de su nacimiento, la Seminci podía mirar al pasado sin dejar de proyectarse hacia el futuro, evocando tanto la memoria del cine como sus transformaciones técnicas y estéticas.
En esta etapa, los carteles fueron alternando propuestas figurativas, montajes y tratamientos gráficos muy diferentes. Esa pluralidad es una de las grandes riquezas del archivo que puede consultarse al completo aquí: permite contemplar cómo conviven distintas generaciones de artistas, tradiciones plásticas y maneras de entender la relación entre imagen y cine.
Entre 2008 y 2013 encontramos, por ejemplo, las propuestas del estudio RaRo, Álvaro Moreno Molero, Trespuntocero, Iñaki Fernández Iturmendi, Marta Corcho e Iván San Martín. Cada firma se enfrentó a la misma pregunta: cómo condensar en un cartel la personalidad de un festival que ya había dejado una huella indiscutible en la cultura española.
Del minimalismo a la renovación de una marca (2014-2025)
En los últimos años, la evolución de los carteles ha estado marcada por la búsqueda de una identidad visual reconocible, sin renunciar a la variedad de propuestas. El rojo, el blanco y el negro, las composiciones depuradas y la importancia de una imagen central han ganado peso en distintos momentos, aunque no todos los carteles han seguido el mismo camino.
Toni Pontí se convirtió en uno de los nombres más recurrentes de esta etapa, con trabajos para las ediciones de 2014, 2016, 2017 y 2019, además de otros proyectos vinculados al festival. En 2015, el diseño corrió a cargo de Óscar Mariné; en 2018, de Jorge Barrientos Villoria. Carlos Arribas Pérez, el propio Barrientos, José Luis Segovia y Pontí se sucedieron después entre 2020 y 2023.
La edición de 2023 presentó Showing Up, una propuesta de Toni Pontí que homenajeaba la trayectoria de la Seminci mediante 68 líneas, una por cada edición anterior, y convertía el crecimiento del certamen en una imagen dinámica y tipográfica. Era una manera de contar su historia sin recurrir a una ilustración literal: el conjunto de líneas se convertía en metáfora de la continuidad, la expansión y el movimiento.
Cartel oficial SEMINCI 2023.
En 2024 llegó un cambio importante. PobrelaVaca Studio, estudio vallisoletano formado por Ana María Hernández y Félix Rodríguez, renovó la identidad gráfica del festival. La propuesta actualizó los icónicos labios y reforzó el acrónimo SEMINCI como marca internacional, conservando la memoria visual del certamen mientras adaptaba su imagen a las necesidades contemporáneas.
La edición de 2025 dio continuidad a esa estrategia. Su cartel recurrió a la geometría, la vibración cromática y la ilusión de profundidad para evocar el ojo del espectador, la luz de la pantalla y el movimiento de las imágenes cinematográficas. Una composición que miraba hacia las experiencias ópticas de los años sesenta y setenta sin dejar de proyectar una identidad moderna.
2026: la fotografía vuelve a ser protagonista, 52 años después
Y llegamos al presente.
Para la 71ª edición, que se celebra del 23 al 31 de octubre de 2026, la Seminci ha elegido una fotografía de Apichatpong Weerasethakul, cineasta y artista visual tailandés cuya obra explora la memoria, el tiempo, la naturaleza y la percepción. La imagen se titula Power Boy (Mekong) y fue tomada en 2011.
En ella, la figura humana se integra en el paisaje del río Mekong, un espacio de gran importancia simbólica para el artista. La composición juega con la presencia de la luz y la oscuridad, lo cotidiano y lo trascendente, en una imagen que invita a detenerse y mirar más allá de lo evidente.
El cartel posee, además, una historia particular. La elección de una fotografía respondía al deseo de José Luis Cienfuegos, director del festival fallecido en diciembre de 2025, que había propuesto que la imagen de esta edición naciera de una obra fotográfica. El equipo de dirección ha llevado adelante esa idea con una fotografía de un creador internacional cuya trayectoria está estrechamente ligada a la experimentación visual.
Cartel 71 edición de la Seminci.
La elección también tiene carácter histórico: por primera vez, un cineasta internacional firma la imagen principal del festival. PobrelaVaca Studio, responsable de la identidad gráfica de la Seminci desde 2024, desarrolla las aplicaciones y adaptaciones necesarias para los distintos soportes.
En 1974, la cámara dirigía la mirada hacia un lugar esencial para la memoria de la Seminci: la entrada del Cine Avenida. En 2026, nos conduce al universo personal de un cineasta contemporáneo, a un paisaje asiático cargado de significados y a una figura humana que parece emerger de la oscuridad.
La elección también invita a plantear una reflexión desde Valladolid. En una ciudad atravesada por el Pisuerga, tan ligado a su paisaje y a la memoria de sus habitantes, cabe preguntarse por qué el río no ha encontrado un lugar en la imagen de una edición tan señalada. ¿No habría sido una oportunidad para volver la mirada hacia nuestro entorno y convertir un paisaje tan reconocible para los vallisoletanos en parte del imaginario visual del festival?
La cuestión enlaza con otra: la presencia del talento artístico local. Contar con un creador de Valladolid para diseñar el cartel habría sido también una manera de reivindicar la capacidad creativa que existe en la ciudad y de reforzar el vínculo entre la Seminci y el lugar que la acoge. La proyección internacional del festival y su arraigo local no tienen por qué ser caminos opuestos; al contrario, pueden enriquecerse mutuamente.
No se trata de cuestionar el valor artístico de la fotografía elegida ni la trayectoria de Apichatpong Weerasethakul, sino de recordar que el cartel de la Seminci es también una forma de representar a Valladolid ante el mundo. Y que, junto a las imágenes de otros territorios y otras culturas, nuestro paisaje y nuestros artistas merecen seguir formando parte de esa conversación.
Un museo de papel, tinta y memoria vallisoletana
Mirar los carteles de la Seminci en orden cronológico es, por tanto, recorrer también la historia cultural de Valladolid. Están los primeros años ligados a la Semana Santa, la aparición de los símbolos cinematográficos, la espiga, los labios rojos, los personajes de Hollywood, las firmas artísticas de prestigio, la experimentación contemporánea y, ahora, una fotografía que recupera una tradición olvidada.
Cada imagen pertenece a su tiempo, pero también a la memoria de quienes han vivido el festival. Para algunos, un cartel será el recuerdo de su primera película en la Seminci; para otros, la señal de que tocaba volver a encontrarse con amigos, descubrir un director o salir de una sala con una conversación pendiente.
Por eso, los carteles no son un elemento secundario de la Semana. Forman una historia paralela que acompaña a las películas y ayuda a explicar qué es la Seminci y cómo ha cambiado junto a la ciudad.
La colección completa puede consultarse en el archivo oficial de carteles de la Seminci, donde se reúnen las imágenes y los créditos de sus distintas ediciones. Un recorrido que merece hacerse sin prisas, como quien hojea un álbum familiar o recupera una vieja entrada de cine.
Porque la Seminci cambia cada año, pero hay algo que permanece: la ilusión de que una imagen, colocada en una pared o en una marquesina de Valladolid, sea suficiente para despertar las ganas de volver a una sala oscura y dejarse sorprender por una película.
Y este octubre, después de medio siglo, esa invitación vuelve a llegarnos a través de una fotografía. @opinionadas en mundiario
#Los #carteles #Seminci #siete #décadas #cine #arte #memoria #Valladolid