Hay películas que no necesitan grandes acontecimientos para mostrar cómo funciona un sistema. Basta con una oficina, unas cuantas reuniones, un vídeo corporativo y una trabajadora que intenta responder a todas las exigencias que recaen sobre ella. A Good Little Soldier, presentada en la Seminci y galardonada con el Premio al mejor guion en la pasada Mostra de Venecia 2026, construye a partir de estos elementos un retrato incómodo del mundo laboral contemporáneo y de las contradicciones entre la imagen que las empresas proyectan y los valores que realmente practican.
La protagonista, Carla Moretti, interpretada por la siempre espléndida actriz italiana Alba Rohrwacher, trabaja en el departamento de Recursos Humanos de una gran compañía aseguradora. Divorciada y con un hijo que alterna semanalmente la convivencia con ella y con su padre, vive sometida a la presión de una dirección que exige resultados y espera obediencia. Su tarea consiste, entre otras cosas, en preparar un vídeo promocional que muestre a la empresa como una organización comprometida con las personas. El problema es que esa imagen de responsabilidad y sensibilidad choca continuamente con la realidad.
La humanidad como estrategia de marketing
Una de las contradicciones más reveladoras de la película aparece cuando el presidente de la compañía rechaza que en el vídeo corporativo aparezcan personas con discapacidad. Considera que esa presencia podría perjudicar la imagen de la empresa ante quienes aspiran a trabajar en ella. La inclusión, por tanto, resulta aceptable mientras no incomode a quienes toman las decisiones.
La paradoja es evidente: una organización que quiere presentarse como cercana y preocupada por las personas termina seleccionando cuidadosamente qué personas merecen formar parte de su imagen pública.
La película pone así el foco en una cultura empresarial que ha incorporado el vocabulario de la empatía, el bienestar y la responsabilidad social, pero que no necesariamente ha asumido sus consecuencias. La humanidad se convierte en un mensaje publicitario, en una cuestión de imagen, en algo que debe funcionar ante la cámara.
El problema no es únicamente la hipocresía de la dirección. Es también la facilidad con la que esa hipocresía se integra en el trabajo cotidiano hasta convertirse en algo aparentemente normal.
El problema no es únicamente la hipocresía de la dirección. Es también la facilidad con la que esa hipocresía se integra en el trabajo cotidiano hasta convertirse en algo aparentemente normal.
Una buena empleada, una mala decisión
El conflicto más importante de la protagonista surge cuando recibe una queja contra una jefa de equipo que trata mal a una de sus empleadas. Su posición en Recursos Humanos debería permitirle intervenir ante una situación injusta. Sin embargo, la presión de sus superiores la empuja en la dirección contraria: debe dejar de lado la sensibilidad y tomar una decisión favorable a los intereses de la compañía.
La protagonista no es necesariamente una persona cruel. Resulta más interesante observar cómo alguien que tiene responsabilidades sobre otras personas acaba renunciando a su propio criterio para satisfacer las expectativas de quienes mandan. Su problema es que confunde hacer bien su trabajo con cumplir cualquier orden que reciba.
El título, A Good Little Soldier, adquiere entonces una dimensión especialmente significativa. El buen soldado no cuestiona las instrucciones: las ejecuta. No necesita compartirlas ni considerar justas sus consecuencias. Le basta con cumplir su cometido y obtener la aprobación de sus superiores.
El gris de la oficina se instala también en casa
La película transcurre fundamentalmente en oficinas, salas de reuniones y otros espacios de la empresa, con una estética dominada por los tonos grises. También vemos a la protagonista comunicarse por videollamada con su hijo, pero incluso la intimidad familiar parece desarrollarse a distancia, dentro de un universo condicionado por las obligaciones laborales.
Ese entorno contribuye a transmitir una sensación de encierro. La protagonista está permanentemente ocupada en cumplir objetivos, resolver problemas y responder a las expectativas de los demás. El trabajo no es solo el lugar al que acude cada día: parece haberse convertido en la medida con la que juzga todo lo que la rodea.
La misma exigencia aparece en su relación con su hijo, que tiene dificultades con las matemáticas. En lugar de acompañarlo en el aprendizaje, ella pierde la paciencia y llega a llamarlo inútil. El niño, que todavía está aprendiendo y necesita comprensión, recibe de su madre una presión que recuerda a la que ella misma soporta en la empresa.
La conexión entre ambos ámbitos resulta especialmente dolorosa. La mujer que debería proteger a los trabajadores es incapaz de proteger emocionalmente a su propio hijo. La lógica del rendimiento parece haberse trasladado desde la oficina hasta la vida familiar: también en casa hay objetivos que cumplir, expectativas que satisfacer y errores que no se toleran.
La consecuencia termina siendo devastadora y es al final de la película cuando el espectador la conocerá.
La incomodidad de reírse de lo reconocible
Uno de los elementos más interesantes de A Good Little Soldier es su humor sutil. No se trata necesariamente de una sátira abierta, sino de un humor que surge de las contradicciones, de determinadas situaciones laborales y de la distancia entre lo que los personajes dicen y lo que realmente hacen.
Es un humor que puede provocar la risa del espectador precisamente porque reconoce algo familiar en esas escenas: la solemnidad de las reuniones, la necesidad de asentir, la obligación de presentar como razonables decisiones que no lo son o el empeño en construir una imagen impecable de una organización que dista mucho de serlo.
La risa no elimina la incomodidad. Al contrario, puede intensificarla. Lo que parece absurdo sobre la pantalla deja de serlo tanto cuando se reconoce que muchas de esas dinámicas forman parte de la experiencia cotidiana de trabajar en una organización jerárquica.
El entorno visual, con sus espacios de oficina y sus tonos grises, refuerza esa impresión. La película no necesita abandonar la empresa para mostrar sus consecuencias: basta con observar cómo sus exigencias se filtran en la vida de la protagonista y terminan afectando a quienes están más cerca de ella.
El éxito de cumplir con todo
El desenlace resume con precisión esa contradicción. La reunión final sirve para celebrar el resultado del vídeo corporativo. Desde el punto de vista profesional, todo ha salido bien. El vídeo proyecta la imagen deseada, la dirección ha conseguido imponer sus criterios y nadie parece dispuesto a cuestionar el resultado.
Fuera de esa sala, sin embargo, la relación con su hijo se ha deteriorado profundamente y una trabajadora ha pagado las consecuencias de una decisión injusta. El éxito empresarial convive con el fracaso personal y moral, pero la organización no parece tener motivos para preocuparse por ello.
El éxito empresarial convive con el fracaso personal y moral, quizá esa sea la idea más inquietante de A Good Little Soldier.
Quizá esa sea la idea más inquietante de A Good Little Soldier: no hace falta que una empresa obligue a sus empleados a renunciar expresamente a sus valores. Basta con que les enseñe, poco a poco, que la obediencia resulta más rentable que la empatía.
Y cuando todos terminan asintiendo en la reunión, la verdadera pregunta ya no es si la protagonista ha hecho bien su trabajo, sino qué ha tenido que sacrificar para convertirse en la empleada que la empresa quería. @opinionadas en
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