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viernes, agosto 21, 2026

No es “resucitar a los muertos”: los thanabots convierten el duelo en suscripción y el dilema real es quién controla la voz

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¿Pagarías por seguir escuchando a alguien que murió? Descubre cómo los thanabots transforman el duelo en suscripción y el dilema del control de voz y datos.

¿Seguirías pagando una cuota mensual para escuchar la voz de alguien que ha muerto? La pregunta parece sacada de un relato de ciencia ficción, pero ya circula en tiendas de aplicaciones y en catálogos de servicios digitales. Nuestra intuición cotidiana dice que el duelo es un vínculo íntimo que nadie debería empaquetar como software por suscripción.

Sin embargo, los thanabots empujan justo esa frontera. No hay conciencia reencarnada ni contacto real con el fallecido: hay una arquitectura de datos y predicción que genera respuestas plausibles a partir de rastros digitales. Y el verdadero conflicto no es emocional sino de control. Cuatro preguntas ordenan todo el debate: quién aporta los datos, quién controla el avatar, quién se beneficia económicamente y qué ocurre cuando la empresa cierra o cambia sus condiciones.

Qué es un thanabot y por qué no es resurrección

Un thanabot, también llamado griefbot, es un sistema de inteligencia artificial diseñado para imitar la forma de hablar, los recuerdos o los rasgos expresivos de una persona fallecida. Para lograrlo combina modelos generativos con materiales muy concretos: mensajes, correos electrónicos, fotografías, audios, vídeos y publicaciones en redes.

Dicho de modo sencillo, el sistema no “recibe” mensajes del otro lado ni recuerda nada. Calcula, con probabilidad, qué diría esa persona ante una pregunta determinada. Esa distinción no es un matiz técnico menor: porque predice en lugar de recordar, un thanabot puede inventar recuerdos, atribuir opiniones que el fallecido nunca expresó o generar respuestas emocionalmente convincentes pero falsas.

El marco filosófico ayuda a situarlo. En un análisis publicado en el Journal of the American Philosophical Association, Campbell, Liu y Nyholm (2025) examinan si un chatbot puede conservar algo de nuestras relaciones con los muertos, y concluyen que puede imitar rasgos conversacionales, pero no preserva la conciencia ni garantiza la identidad de la persona representada. Hablamos de continuidad simbólica del vínculo, no de una presencia real.

Conviene también separar dos usos que se confunden. Un thanabot puede funcionar como archivo memorial o ritual narrativo, algo parecido a conservar cartas o grabaciones familiares, pero no debe presentarse como tratamiento psicológico ni como terapia validada. La evidencia sobre sus efectos en el duelo todavía es limitada y heterogénea.

Cómo funcionan: del archivo memorial al chatbot generativo

El flujo de trabajo puede resumirse en una cadena sencilla. Primero, alguien aporta los materiales. Luego la empresa los almacena y los procesa. Esos datos alimentan la síntesis de voz o el modelo de lenguaje. Finalmente, se accede al resultado mediante una cuenta o una suscripción, ya sea como texto, voz sintética o avatar audiovisual.

La aclaración imprescindible viene aquí: la calidad y la selección de esos datos condicionan por completo el resultado. Si el material procede de una red social concreta o de un momento vital determinado, el avatar representará una personalidad editada, no la complejidad real del individuo. Se produce una especie de interferencia entre lo que la persona fue y lo que el modelo infiere que diría.

No todos los servicios hacen lo mismo. Existen dos modelos bajo la misma etiqueta. Por un lado, los servicios memoriales basados en relatos y audios grabados, que reproducen materiales existentes en la voz auténtica de la persona. Por otro, los chatbots generativos, que producen frases nuevas con una personalidad simulada y pueden responder a preguntas que nunca se formularon en vida. Servicios como HereAfter AI se acercan principalmente al primer grupo; otras propuestas experimentales se aproximan al segundo. La distancia entre ambos es enorme: uno recupera, el otro fabrica.

Qué prometen estos servicios y qué debería inquietarnos

Las promesas suelen ser tres: conservar recuerdos, ofrecer continuidad simbólica y facilitar el acceso a la voz o a los relatos de quien ya no está. Sobre el papel, resultan atractivas para cualquiera que atraviese una pérdida.

Sin embargo, “conversar” no significa “recibir un mensaje”. Significa interactuar con una interfaz que genera texto o voz mediante cálculo estadístico. El realismo emocional puede ser tan alto que resulte engañoso: para un usuario vulnerable, una voz sintética que imita el timbre y una grabación auténtica pueden ser indistinguibles, aunque su valor testimonial y su estatus legal sean radicalmente distintos.

El estudio cualitativo de Hurtado Hurtado y Glynos (2026), que analizó diez relatos periodísticos de usuarios reales y quince entrevistas con usuarios potenciales, describe experiencias de consuelo y sensación de continuidad, pero también ambivalencia ética, preocupación por el realismo y temor a que la simulación sustituya la elaboración del duelo. Los thanabots no son inherentemente benéficos ni dañinos: su efecto depende de si invitan a la reflexión o si se limitan a simular una presencia continuada.

Cuánto cuestan y qué pasa si dejas de pagar

No existe un precio estándar. Se trata de una tecnología emergente y todavía minoritaria, sin catálogo estable de planes. Según los rangos publicitados en servicios comparables recogidos en la investigación previa, las tarifas se han movido, de forma orientativa, entre unos 7 y 24 dólares mensuales. Algunas aplicaciones ofrecen además compras únicas de mayor importe. Conviene subrayar que estas cifras cambian según el país, la tienda de aplicaciones y la fecha, por lo que deben tomarse como una referencia aproximada y no como una tarifa universal ni verificada para un servicio concreto.

A la cuota se suman límites habituales: número máximo de mensajes, minutos de voz disponibles o funciones premium con cargo adicional. Y aquí aparece el matiz que casi nunca figura en la publicidad: pagar una suscripción no equivale a comprar el avatar ni los datos que lo hacen posible. Lo que se adquiere, en muchos casos, es una licencia de acceso sujeta a los términos de uso y a la jurisdicción aplicable.

¿Y si se deja de pagar? El servicio puede limitar los mensajes, bloquear funciones, conservar la cuenta durante un periodo de gracia o eliminarla conforme a sus condiciones. No existe una regla general que obligue a entregar al cliente un modelo conversacional portable. Una exportación realmente útil debería incluir, como mínimo, los audios y vídeos originales, las fotografías, los textos aportados, las transcripciones y los metadatos relevantes; descargar solo una transcripción no permite reconstruir el avatar en otra plataforma. Sin portabilidad real, el legado afectivo puede quedar amarrado a un servidor privado.

Quién aporta los datos: la familia, el fallecido y los terceros que nunca eligieron

Normalmente los datos los sube el usuario superviviente, un familiar, un albacea digital o la propia persona antes de morir. En la práctica, quien carga los archivos rara vez es su titular exclusivo. Un álbum familiar contiene las voces de varias personas; un correo revela información de terceros; una fotografía puede incluir a menores o a contactos que jamás consintieron su reutilización.

Mesa familiar con álbumes impresos, fotografías enmarcadas y un móvil con una foto compartida, manos fuera de plano sostenien

Hay además una distinción de consentimiento que no debe pasarse por alto. El consentimiento del fallecido no es intercambiable con el de la familia, y una autorización no cubre automáticamente cualquier uso. Una persona puede haber permitido conservar sus vídeos, pero no haber autorizado que una IA genere frases nuevas en su nombre. Guardar una grabación y sintetizar discurso inédito son operaciones muy distintas.

Por eso lo más prudente es exigir un consentimiento específico, informado, revocable y limitado a fines concretos. La cuestión no es solo técnica: es sucesoria y moral. El deseo del fallecido puede entrar en conflicto con el de sus supervivientes, y no siempre en la misma dirección: hay quien pidió borrar todo rastro y quien deseaba conservarlo.

Quién controla el avatar: propiedad frente a control técnico

Aquí está, a mi juicio, la palanca decisiva. En la mayoría de los servicios, la empresa opera la infraestructura, el modelo de IA y la cuenta. El usuario puede tener una licencia de uso o un derecho de acceso, pero eso no implica controlar el modelo entrenado, los metadatos, las copias de seguridad ni las futuras versiones del sistema.

En otras palabras, poseer una fotografía original y controlar técnicamente la representación generada a partir de ella son cosas distintas. La voz y la imagen tienen un valor identificativo y emocional enorme, pero la palanca de control suele quedar en manos del proveedor. Y hay un detalle inquietante: el usuario tampoco controla necesariamente cómo se actualiza el modelo. Cuanto más se modifica, más puede alejarse de los materiales originales y de la imagen que la familia reconocía. La “continuidad” no es lo mismo que la estabilidad.

Quién se beneficia: el duelo convertido en mercado

El proveedor puede cobrar por almacenamiento, por generación de respuestas, por clonación de voz o por funciones premium. Alrededor del avatar también pueden orbitar derechos de imagen, autoría, interpretación, marcas, contratos previos o intereses patrimoniales de la herencia. La respuesta a quién gana dinero cambia según el país y según si el servicio emplea materiales de dominio familiar, obras protegidas o la voz identificable del fallecido.

El giro de fondo es sutil pero profundo: una práctica de memoria se transforma en una relación de consumo recurrente. El precio, los límites de uso y la renovación automática introducen una tensión poco visible, porque el acceso a una representación afectiva pasa a depender de la capacidad de pago de la familia. La revisión sistemática de Soh y colaboradores (2026), que analizó treinta estudios sobre tecnologías digitales aplicadas al duelo, identifica la dependencia como uno de los riesgos recurrentes, sin que ello demuestre que todo thanabot produzca un daño clínico. Conviene no confundir un riesgo señalado con una consecuencia inevitable.

Qué ocurre si la plataforma cierra o cambia las condiciones

Un cambio de condiciones puede ampliar los fines de uso, incorporar publicidad, permitir nuevas formas de entrenamiento del modelo o modificar el precio. El usuario debería comprobar si se le exige un consentimiento nuevo, si puede rechazarlo y si existe una vía real para recuperar o borrar los materiales aportados.

El escenario más delicado es el cierre. Si una empresa quiebra, se disuelve o es adquirida, los datos pueden quedar sujetos a una transferencia empresarial, a un procedimiento concursal o a una política de eliminación variable. La continuidad del avatar no debería darse por garantizada. Por eso los contratos tendrían que indicar con claridad quién actúa como responsable de los datos, cuánto tiempo los conserva, dónde se almacenan, si los vende o comparte y qué sucede tras la terminación del servicio. Dicho de otro modo, una familia puede vincular su memoria a un proveedor privado y perder el acceso justo cuando más lo necesita.

Oficina con caja de documentos digitales en nube representada por luz, cableado y servidores desenfocados, ambiente inquietan

La protección de datos parte de una asimetría llamativa. El considerando 27 del Reglamento General de Protección de Datos establece que el RGPD no se aplica a los datos personales de las personas fallecidas y deja la regulación a cada Estado miembro. El resultado es una protección no armonizada para el legado digital. Ahora bien, eso no significa que cualquier material pueda usarse libremente: los archivos suelen contener datos de familiares y terceros vivos, y siguen siendo relevantes los contratos, la propiedad intelectual y los derechos de imagen.

En España, el artículo 3 de la Ley Orgánica 3/2018 permite que familiares, personas vinculadas de hecho, herederos o personas expresamente designadas soliciten el acceso, la rectificación o la supresión de los datos del fallecido, con límites cuando este lo hubiera prohibido. Aun así, la norma no resuelve por sí sola quién puede ordenar la creación de un avatar generativo ni quién controla el modelo de IA. Francia, por su parte, permite dejar directrices sobre la conservación y comunicación de los datos tras la muerte, mientras que en Estados Unidos la respuesta combina leyes estatales de personalidad, derechos de autor y contratos de plataforma, sin una norma federal única. En todos los casos, el encaje jurídico depende del país, del tipo de dato y de los términos del proveedor.

Sobre este panorama se superpone una exigencia de transparencia básica: cada respuesta debería identificarse siempre como generada por IA, para que ningún usuario vulnerable confunda un cálculo estadístico con un mensaje del fallecido.

Qué sabemos de verdad sobre sus efectos en el duelo

La tentación de vender estas herramientas como consuelo garantizado es evidente, pero la evidencia obliga a la cautela. Ni la revisión de treinta estudios de Soh y colaboradores ni el estudio cualitativo de Hurtado Hurtado y Glynos permiten concluir que los thanabots mejoren el duelo, reduzcan síntomas de forma general o funcionen como una intervención terapéutica validada. Lo que describen son experiencias mixtas: consuelo y continuidad simbólica en algunos casos, dependencia, representación inexacta y preocupación por la privacidad en otros.

Existen además datos de aceptación potencial que conviene manejar con pinzas. En algunos sondeos, una parte de las personas que han perdido a un ser querido se muestra dispuesta a conversar con un avatar del fallecido. Sin embargo, la disposición a probar algo no mide su eficacia clínica ni su uso real sostenido en el tiempo. Dicho de modo sencillo: un thanabot puede servir como archivo o como ritual simbólico, pero no está avalado como tratamiento.

Preguntas que toda familia debería hacerse antes de suscribirse

Antes de contratar un servicio de este tipo, conviene detenerse en algunas cuestiones incómodas. ¿Quién es el responsable legal de los datos y quién puede administrar la cuenta tras la muerte del usuario? ¿El consentimiento autoriza solo el almacenamiento o también la generación de voz, texto e imágenes nuevas? ¿Qué ocurre con los datos de familiares y terceros incluidos en los archivos? ¿Puede la empresa usar esos materiales para entrenar modelos propios o de terceros?

Y en el plano práctico: ¿se pueden exportar los originales, las transcripciones, el historial y los metadatos en formatos reutilizables? ¿Existe un borrado completo, copias de seguridad incluidas, y cuánto tarda en ejecutarse? ¿Qué sucede si se deja de pagar, si sube el precio o si la plataforma cierra? ¿Puede transferirse la información a otra compañía en una venta o quiebra? Por último, dos preguntas que casi nadie plantea y que resultan esenciales: cómo se identifica siempre que la respuesta procede de una IA y no del fallecido, y qué límites existen para evitar respuestas manipuladoras o que fomenten la dependencia emocional.

Hacia dónde va esto

Lo llamativo, cuando uno se aleja del asombro por la voz sintética, no es la imitación en sí, sino la arquitectura de acceso, control y portabilidad que queda en manos de una empresa. Ahí se decide si un recuerdo íntimo sigue siendo nuestro o pasa a ser una función sujeta a una cuenta, un servidor y una política comercial revisable. Si no maduran estándares claros de consentimiento, exportación y borrado, corremos el riesgo de que el duelo dependa de suscripciones y de condiciones que pueden cambiar sin aviso. Quizá la lección más útil sea esta: antes de preguntarnos si queremos escuchar de nuevo esa voz, deberíamos preguntarnos quién la guarda, quién la modifica y quién puede apagarla.

Referencias

  • Campbell, Stephen M., Pengbo Liu y Sven Nyholm. “Can Chatbots Preserve Our Relationships with the Dead?”. Journal of the American Philosophical Association, vol. 11, núm. 2, junio de 2025, pp. 230-248. Publicado en línea el 10 de febrero de 2025. DOI: 10.1017/apa.2025.1.
  • Hurtado Hurtado, Josué, y Jason Glynos. “Thanabots, fantasy, and the ethics of mourning”. AI & Society, publicado el 6 de julio de 2026. DOI: 10.1007/s00146-026-03200-9.
  • Soh, Xun Ci, Andree Hartanto y cols. “Digital grief technology to support bereavement: A systematic review of potential benefits and risks”. Computers in Human Behavior Reports, vol. 22, 2026, artículo 101148. DOI: 10.1016/j.chbr.2026.101148.
  • Reglamento (UE) 2016/679 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 27 de abril de 2016, considerando 27.
  • España. Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales, artículo 3. Boletín Oficial del Estado, 2018.

Fuente Informativa

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