Un experimento con 1.200 personas muestra que las sonrisas repetidas o impuestas bajo amenaza de perder dinero empeoran el estado de ánimo
“Sonríe y te sentirás mejor”. El consejo aparece en libros de autoayuda, en tazas de desayuno y en los manuales de atención al cliente de muchas empresas. Hay algo de ciencia detrás, porque varios estudios han demostrado que el mero hecho de sonreír puede mejorar ligeramente el estado de animo. Ahora, un nuevo experimento de la Universidad de Florida publicado en el Journal of Experimental Social Psychology añade una vuelta de tuerca. Cuando la sonrisa se repite una y otra vez o se impone bajo amenaza de castigo, el efecto se invierte y la gente acaba más descontenta.
Detrás del estudio hay dos ideas aparentemente contradictorias. La primera es la llamada hipótesis de la retroalimentación facial, según la cual el cerebro también “lee” las expresiones de la propia cara para saber cómo nos sentimos, de modo que poner cara de felicidad nos empujaría un poco hacia ella. La segunda procede de la sociología del trabajo y se conoce como trabajo emocional. Describe el desgaste que sufren las personas obligadas a mostrar emociones que no sienten, como los dependientes, los camareros o los teleoperadores que deben sonreír por contrato. El nuevo trabajo intenta averiguar en qué condiciones gana cada una.
- Gatitos, robos y una multa de dos dólares
- Cuando la sonrisa se convierte en obligación
- Sonrisas por contrato
- REFERENCIA
Gatitos, robos y una multa de dos dólares
El psicólogo Nicholas Coles conoce bien el primer enfoque. Fue uno de los impulsores de la Many Smiles Collaboration, un gran estudio internacional que en 2022 confirmó que posar una sonrisa mejora levemente el estado de ánimo. Su propia experiencia laboral le hizo dudar. Antes de dedicarse a la investigación trabajó atendiendo al público en un parque temático de Florida, donde sonreír era obligatorio.
“Les dijimos a los participantes que les pagaríamos menos si no conseguían sonreír”
Junto a sus colegas Annabel Dang y Joao Francisco Goes Braga Takayanagi, diseñó un experimento en línea en el que participaron 1.201 personas, de las que 1.174 entraron en el análisis final. Los voluntarios veían imágenes agradables, como gatitos o flores, o desagradables, como robos o maltrato animal. A unos se les pedía que sonrieran y a otros que dejaran que su cara reaccionara con naturalidad. Algunos lo hacían una sola vez y otros, 10 veces seguidas. Además, a la mitad se les advertía de que perderían dos de los seis dólares que cobraban si no seguían bien las instrucciones. “Les dijimos a los participantes que les pagaríamos menos si no conseguían sonreír”, explica Coles. Al final, todos cobraron la cantidad completa.
Cuando la sonrisa se convierte en obligación
Los resultados dibujan un panorama con matices. Ante las imágenes desagradables, una única sonrisa voluntaria mejoró algo el humor, incluso entre quienes habían recibido la amenaza económica. Cuando la sonrisa se repetía, en cambio, el beneficio se reducía, y si además había amenaza de castigo, desaparecía por completo.
Con las imágenes agradables ocurrió algo todavía más llamativo. Una sonrisa puntual apenas cambiaba el estado de ánimo, probablemente porque la gente ya se sentía bien. Las sonrisas repetidas o impuestas hicieron que los participantes acabaran menos felices que los que reaccionaban con naturalidad. Esas sonrisas forzadas tendieron también a aumentar la irritación y el enfado. Si hay penalizaciones económicas por no hacerlo bien, resume Coles, “el efecto se invierte por completo”.
Sonrisas por contrato
Para el investigador, los resultados tienen consecuencias directas en el mundo laboral. Muchas empresas exigen a sus empleados sonreír a los clientes. La cadena estadounidense Target, por ejemplo, llegó a pedir a sus trabajadores que sonrieran cuando un cliente se acercaba a cierta distancia. Según Coles, este tipo de normas recortan la autonomía emocional de los empleados y también la de los clientes, que reciben una amabilidad impostada.
El estudio tiene sus límites. Se hizo en internet, con sesiones breves y una presión económica simbólica, muy lejos de una jornada de ocho horas detrás de un mostrador. Aun así, incorpora elementos del mundo real, como la repetición y la amenaza de sanción, que imitan en pequeño la mecánica del trabajo emocional.
La lección práctica es sencilla. Una sonrisa espontánea, o incluso una buscada a propósito en un mal momento, puede ayudar a levantar un poco el ánimo. Convertirla en una obligación constante, en cambio, la transforma en otra fuente de estrés. La próxima vez que un camarero no te sonría, quizá convenga recordar que su cara también tiene derecho a descansar.
REFERENCIA
- Smiling your way to happiness or misery? Experimental tests of competing perspectives. Coles NA, Dang A, Goes Braga Takayanagi JF. Journal of Experimental Social Psychology, octubre de 2026.
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