La película arranca a oscuras, con el sonido de unas cuchillas rasgando el hielo a toda velocidad. Así comienza Up Again (título aún sin estreno confirmado en España), el documental checo que ha celebrado su estreno mundial en el festival Ji.hlava y que convierte ese ruido en el hilo conductor de su relato.

La directora Eliška Cílková Andršová ha seguido durante tres años el ascenso de Barbora Vránková, joven campeona checa de patinaje artístico. Según explica, ese sonido regresa una y otra vez porque, vaya donde vaya, la patinadora sigue mentalmente sobre el hielo.

Cílková Andršová, que también compitió como patinadora, se encargó además del montaje y de la banda sonora. Su pasado deportivo le permitió entender el sistema de puntuación y el lenguaje técnico de la disciplina, algo que facilitó su conexión con Vránková, entonces vigente campeona nacional, y con su familia.

Una adolescente bajo presión

El público conoce a la protagonista con 15 años. A medida que los retos crecen, con estancias en una prestigiosa escuela de patinaje en Italia y después en Estados Unidos, la presión aumenta tanto para ella como para los suyos. Sin tiempo para ir a un colegio convencional, sus días se reparten entre clases en línea, fisioterapia y un estricto régimen de entrenamiento.

La directora resume ese esfuerzo con una imagen clara: un triple salto dura apenas unos segundos, pero exige años de preparación física y de aislamiento mental. La cámara sigue cada movimiento de Vránková a velocidades vertiginosas, y algunas secuencias se rodaron literalmente patinando junto a ella.

El mayor desafío, reconoce, fue encontrar el equilibrio entre estar cerca para captar momentos íntimos y resultar discreta. Vránková creció durante el rodaje, de los 15 a los 18 años, en un entorno de élite tan hermético que en el centro de Egna, en Italia, a veces ni los padres podían ver los entrenamientos.

El sonido como segunda narración

Las condiciones técnicas fueron extremadamente difíciles: veinte patinadores saltando a la vez, música pop a todo volumen y entrenadores gritando. Además, nadie que ejecuta saltos triples puede llevar un micrófono. Esas dificultades acabaron integrándose en el enfoque creativo de la película.

Como ya hizo en Pripyat Piano, su documental sobre los pianos abandonados en la zona de exclusión de Chernóbil, la cineasta construyó con el sonido una segunda capa narrativa que refleja el mundo interior de la joven. Las imágenes son puramente observacionales, pero el sonido se permite más libertad. Para ella, ese sonido abre el camino a los temas del filme: la interpretación, las expectativas y la búsqueda del propio lugar.

En un momento dado, la directora pidió detener la grabación tras varias caídas. Sin embargo, la propia Vránková le dijo después que caerse forma parte del patinaje y que la próxima vez lo grabaran todo, una muestra de la confianza que se había creado entre ambas.

El giro más inesperado llegó con la retirada de la patinadora del Campeonato Europeo, el sueño de toda una vida para cualquier deportista de esta disciplina. A partir de ahí, la película se volvió más compleja y planteó la pregunta que acabó siendo central: quiénes somos cuando ya no nos definen nuestros logros.