Al estrechar la abertura de los labios, el aire forma un chorro más rápido. Ese chorro arrastra aire de la habitación y se mezcla con él. Así, lo que alcanza la mano no es solo el aire que acabas de exhalar: también interviene el ambiente, que puede estar más frío. Con la boca abierta, en cambio, el flujo es más ancho y lento, se mezcla menos y el aire cálido llega de otra manera a la piel.
Hay un segundo efecto. Un chorro rápido altera la fina capa de aire cercana a la piel y favorece la transferencia de calor por convección. Además, puede acelerar la evaporación de la humedad de la mano, un proceso que consume calor. Por eso la sensación térmica depende de varios factores: la velocidad del soplido, cuánto aire ambiente incorpora y la temperatura de la habitación. Un gesto cotidiano se convierte así en un pequeño experimento de física de fluidos y termodinámica que puedes comprobar sin instrumentos.
Santiago Campillo (@Scruzcampillo) es biólogo y comunicador científico especializado en salud, nutrición y naturaleza.
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