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¿Tus sueños tienen olor? La afantasía revela que no todos imaginamos igual

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Hay personas que no pueden conjurar una imagen mental a voluntad. La pregunta que pocos se hacen es qué ocurre con sus sueños: ¿también les faltan los olores, las voces, los colores?

Anoche, alguien soñó que caminaba por un bosque quemado y podía oler la ceniza. Otra persona, esa misma noche, tuvo un sueño igual de vívido en imágenes, pero sin ningún matiz de olfato, sonido o tacto: solo escenas mudas y sin textura. Ninguna de las dos cree que su experiencia sea rara. Nadie puede comparar su cine mental con el de nadie más, así que asumimos que todos vemos, oímos y olemos igual mientras dormimos. Un estudio publicado en Scientific Reports pone en duda esa suposición, y lo hace a través de una población que ya desafiaba nuestras ideas sobre la imaginación: las personas con afantasía.

La afantasía es la dificultad o incapacidad de generar imágenes mentales voluntarias: quien la tiene no puede “ver” un elefante rojo con los ojos cerrados, aunque sepa perfectamente qué aspecto tiene un elefante. Durante años, el fenómeno se ha tratado casi como un asunto exclusivamente visual, una curiosidad sobre la vista de la mente. El nuevo trabajo, firmado por Derek H. Arnold y Loren N. Bouyer, del Perception Lab de la Universidad de Queensland, junto con Merlin Monzel, de la Universidad de Bonn, amplía la pregunta a un terreno mucho menos explorado: qué pasa con el resto de sentidos, despiertos y dormidos, y con la imaginación que los produce.

Qué es la afantasía

La afantasía visual afecta, según distintas estimaciones, a entre el uno y el cuatro por ciento de la población, aunque el propio estudio recalca que las cifras varían mucho según el instrumento de medida. Quien tiene afantasía conserva la memoria y el razonamiento intactos, pero pierde la capacidad de generar a voluntad una imagen mental nítida de algo que no está delante de los ojos.

Ojo, que esa ausencia sea voluntaria importa: algunas personas con afantasía sí experimentan imágenes espontáneas, por ejemplo en sueños o en estados de duermevela, aunque no puedan invocarlas cuando quieren. Esa distinción, entre imaginación dirigida y experiencia espontánea, es la que el nuevo estudio decide explorar en el terreno de los sueños.

Un cuestionario para casi noventa personas sin imágenes mentales

El equipo reclutó a 84 personas con afantasía visual y las comparó con 121 participantes sin esa dificultad. A través de cuestionarios y autoinformes, pidió a cada participante que describiera dos cosas: el contenido sensorial de sus experiencias imaginadas en vigilia, de forma voluntaria, y el contenido sensorial de sus sueños recientes, recordados nada más despertar.

El cuestionario no se limitó a la vista: preguntó también por sonido, tacto, gusto, olfato y sensación de movimiento, tanto en la imaginación despierta como en el sueño. Esa decisión metodológica es la que permite salir del marco puramente visual en el que suele encerrarse la afantasía y tratarla como lo que parece ser: una variación en el perfil multisensorial completo de la mente.

Lo que aparece cuando se compara vigilia y sueño

El resultado central es, a la vez, coherente y desordenado. En conjunto, sí hay cierta correspondencia entre el perfil sensorial de la imaginación despierta y el de los sueños: quien reporta menos vividez visual despierto tiende también a reportar menos imágenes visuales en sus sueños. Pero esa correspondencia está lejos de ser uniforme.

El estudio encuentra una heterogeneidad marcada entre participantes: en algunos, la relación entre imaginación despierta y contenido sensorial de los sueños es estrecha; en otros, es débil o directamente inexistente. Hay personas con afantasía visual severa en vigilia que, sin embargo, describen sueños ricos en imágenes. Y hay participantes sin afantasía cuyos sueños resultan sorprendentemente pobres en algún sentido concreto, como el olfato o el tacto.

Representación artística conceptual de la dualidad entre la imaginación despierta (vigilia) y los sueños, donde el olfato (en tonos dorados) destaca como el canal sensorial más misterioso. Imagen generada con IA. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.
Representación artística conceptual de la dualidad entre la imaginación despierta (vigilia) y los sueños, donde el olfato (en tonos dorados) destaca como el canal sensorial más misterioso. Imagen generada con IA. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.

Dicho de otra forma, la afantasía no funciona como un interruptor que apaga por igual la vigilia y el sueño. Parece, más bien, que ambos sistemas, imaginación voluntaria y construcción onírica, comparten cierta maquinaria, pero no toda.

El olfato, el gran ausente de los sueños de casi todos

Aquí entra el gancho que da título a este artículo. Independientemente de si los participantes tenían o no afantasía, el olfato y el gusto resultaron ser, con diferencia, las modalidades sensoriales menos presentes tanto en la imaginación despierta como en los sueños. La vista domina ambos escenarios, el sonido y el movimiento aparecen con frecuencia intermedia, y el olfato casi desaparece.

La relación entre olores y sueños lleva décadas intrigando a quienes estudian el sueño, precisamente por lo poco frecuente que resulta. Ojo con el detalle: esto no es exclusivo de la afantasía. Es un patrón general de la cognición humana, y el estudio lo confirma también en el grupo de comparación sin afantasía. La afantasía, en todo caso, actúa como una lupa que hace más visibles esas diferencias base, no como la causa de ellas.

Lo que este estudio no puede decir todavía

Conviene ser prudentes con el alcance real de estos datos. Todo el trabajo se apoya en autoinformes: lo que cada participante recuerda y describe sobre su propia experiencia, sin ninguna medición directa de actividad cerebral durante el sueño ni durante la imaginación despierta. El estudio no mide ondas cerebrales, no registra actividad en la corteza visual y no permite establecer qué mecanismo neuronal conecta la imaginación voluntaria con el contenido de los sueños. Tampoco demuestra causalidad: no sabemos si la afantasía despierta arrastra alguna limitación equivalente al dormir, o si ambos fenómenos comparten simplemente un origen común todavía desconocido.

El recuerdo de los sueños, además, es notoriamente poco fiable: se distorsiona en los primeros minutos tras despertar y varía mucho entre personas. Cuidado con leer estos resultados como un mapa exacto de lo que ocurre en el cerebro mientras soñamos. Lo que ofrecen es, más bien, un primer boceto de un territorio que la neurociencia del sueño apenas ha empezado a cartografiar con este nivel de detalle sensorial.

Un mapa que todavía necesita más noches de laboratorio

Lo que sí deja claro este trabajo es que la pregunta “¿tus sueños tienen olor?” no tiene una respuesta universal, ni siquiera dentro del grupo de personas con afantasía. La heterogeneidad encontrada por Arnold, Bouyer y Monzel sugiere que existen distintos subtipos de afantasía, con distintas consecuencias sobre la vida onírica, y que agruparlos bajo una sola etiqueta puede estar ocultando esa variación. El siguiente paso, que el propio equipo señala como pendiente, es acompañar estos autoinformes con registros de sueño más objetivos, como despertares programados en laboratorio, para comprobar si la heterogeneidad se sostiene cuando el recuerdo no depende solo de la memoria matutina.

Referencias

  • Arnold, D. H., Bouyer, L. N., & Monzel, M. (2026). Heterogeneous relationships between the multisensory content of aphantasics’ dreams and their volitional waking imagined experiences. Scientific Reports. DOI: 10.1038/s41598-026-56386-9

Fuente Informativa


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