Hay películas que encuentran su ritmo en lo cotidiano, y el primer largometraje del joven director japonés Yaza Takenoshin, graduado en Harvard el verano pasado, lo hace casi con precisión milimétrica. Desde los números que se repiten en un examen hasta la compra que una madre paga en la caja del supermercado, todo avanza con una cadencia medida y agradable.
La cinta, Hinotama (título aún sin estreno confirmado en España), forma parte de la sección Nippon Cinema Now del Festival de Cine de Tokio, un espacio dedicado a cineastas japoneses emergentes. La historia sigue al joven Takeshi (Riku Onishi) mientras observa cómo se desmorona el matrimonio de sus padres, un proceso lento pero inevitable, marcado por señales sutiles y evidentes a la vez.
Cada vez más desanimado ante los defectos de sus progenitores, Takeshi se obsesiona con la bola de fuego de la que le habla su vieja amiga Akari (Himena Irei). Quizá espera que verla le devuelva esa capacidad de asombro infantil que parece haber perdido.
La huella de Ryusuke Hamaguchi en cada encuadre
Yaza no oculta su admiración por Ryusuke Hamaguchi, ganador del Óscar con Drive My Car, y esa influencia se nota en una fotografía cuidada y constante, nunca fría, y en la paciencia con la que observa a sus personajes. La conexión es directa: la película fue rodada por Yoshio Kitagawa, director de fotografía ocasional de Hamaguchi, que se ofreció a filmarla cuando el estudiante le pidió consejo.
Kitagawa apuesta por la simetría, resalta las líneas geométricas de la casa familiar y coloca objetos o personas en el centro del plano. Esas composiciones ordenadas acaban pareciendo una jaula, algo que ya sugiere la interpretación de Mari Kusu como la madre de Takeshi, desbordada por la frustración.
Pronto, diálogos breves rompen esa pulcritud. El padre deja caer su descontento en un comentario aislado que termina en una discusión mayor, en la que exige respeto y se queja de que sus hijos nunca le dan las gracias. Takeshi deambula por todo ello sin mostrar su malestar, hasta que estalla: destroza unas zapatillas impecables al saltar en un charco de barro, un momento aún más impactante por la quietud de la cámara.
Un retrato familiar contenido con algunos tropiezos
El padre es un hombre mezquino y orgulloso, aunque Yaza revela sus matices poco a poco. No es simplemente un tipo colérico: inicia una campaña para preparar a sus hijos ante la separación usando recuerdos muy significativos para ellos. El director busca interpretaciones contenidas, sobre todo en Onishi, que da vida a un joven cada vez más aislado y atormentado.
Ese tono sobrio a veces resulta algo agobiante y forzado, como en la escena de niños en fila mientras el hermano menor, Kento (Koe Odani), camina hacia su nueva casa. Un salto repentino de tres meses desestabiliza el relato, aunque deja momentos conmovedores, sobre todo cuando Kento madura de golpe e intenta aliviar el dolor de su familia.
El desenlace se adentra en un registro alegórico que no encaja del todo con lo mejor de la película, su retrato gradual de las grietas en una familia tradicional. Aun así, Hinotama es una ópera prima muy prometedora.
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