Existe una creencia extendida de que el penetrante olor a quemado bastaría para alertarnos si se iniciara un fuego en plena noche. Sin embargo, la ciencia demuestra que confiar en nuestra nariz mientras dormimos es una trampa peligrosa.
Un experimento clave de la Universidad de Brown expuso a voluntarios dormidos a dos tipos de estímulos olfativos: aroma a menta y piridina, una sustancia fétida que imita el humo. Los resultados fueron tajantes. Mientras que las señales acústicas despertaron a la totalidad de los participantes de inmediato, los olores apenas provocaron respuestas, especialmente durante las fases de sueño profundo y fase REM.
La explicación radica en la propia arquitectura cerebral. La gran mayoría de los estímulos sensoriales hacen escala obligada en el tálamo, la estructura que actúa como interruptor y centro de alarma de la consciencia. Sin embargo, las vías olfativas no pasan por el tálamo durante el descanso, por lo que las moléculas olorosas no logran generar la activación necesaria para arrancarnos del sueño. Es esta particularidad anatómica la que explica por qué los detectores de humo recurren a estridentes alarmas sonoras y no a difusores aromáticos.
Esto no significa que el sistema olfativo se apague por completo. Investigadores de la Universidad de Heidelberg comprobaron que administrar esencias florales o sulfurosas en fase REM altera la valencia de los sueños: los participantes expuestos a rosas experimentaron sensaciones placenteras, mientras que el olor a huevo podrido detonó pesadillas. No soñaban de forma literal con flores ni con podredumbre, pero la fragancia moduló la atmósfera emocional de su narrativa nocturna.
Santiago Campillo (@Scruzcampillo) es biólogo y comunicador científico especializado en salud, nutrición y naturaleza.
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